La perdida del fútbol, por Miguelánjel Acosta

No mucho, pero sí, había soñado con la llamada. Alguna de sus hermanas o su abuelo le darían la noticia. De seguro usarían el tono de voz apropiado para ese tipo de situaciones, la voz delgada y suave que intenta calmar en vano el desasosiego y la desesperanza del que se encuentra al otro lado de la línea.

Llevaba años sin recibir noticias, años sin esperarlas. Aun así pensaba en su padre a menudo, en todo lo que habían vivido juntos, en todo lo que habían dejado de vivir. Cuando recibió la llamada, que increíblemente no fue una llamada, sino más bien un mensaje de su hermana en el Messenger, letras rojas mayúsculas le decían que su padre estaba grave, que un ataque al corazón, que una cama en un hospital lleno de pobres esperando la muerte. Y lo primero que pensó fue en aquel partido de fútbol amistoso que Chile y Brasil disputaron en 1985. Chile, como tantas otras veces, no había clasificado al mundial. Brasil, como tantas otras, era favorito para ganar el preciado trofeo. Debe haber tenido diez u once años y al recordar la edad no importaba demasiado. Lo que importaba era que su ídolo, Carlos Humberto Caszely, iba a estar ahí. Caszely y Rubio comandando el ataque. Aravena y Puebla en el medio campo, el mocho Gómez en defensa, y Roberto Rojas al arco. Los nombres de los jugadores brasileños los debe haber conocido de memoria en ese tiempo, pero ahora, al intentar asociar ideas, se escapaban de su cabeza como estrellas fugaces en una noche de niebla.

Su padre le había prometido llevarlo a las eliminatorias, al partido contra Ecuador, jugado días después del terremoto de 1985 que destruyó media ciudad, y al cual no asistieron por el mismo miedo a la replica telúrica que hizo a los ecuatorianos perder por seis a uno. También le prometió llevarlo al partido contra Perú, pero la victoria chilena en tierras del Rímac por 4-1 le quitó toda importancia al partido. La misma excusa esgrimió su padre frente a Paraguay en el partido de repechaje que disputaron en el Nacional. Los nacionales habían perdido por tres a cero en Asunción y no valía la pena gastar dinero en una clasificación largamente ida. El niño odió a su padre por su falta de ilusión, por no creer en los milagros que a esa edad siempre ocurren. Pero su padre estaba en lo cierto, Chile empató sin goles y se despidió de aquel Mundial para siempre.

Mientras escribo tengo la certeza de que las cosas no ocurrieron así, que el partido frente a Brasil sirvió de preparación antes de enfrentar a los ecuatorianos. Pero muchas veces nuestros recuerdos están teñidos de inexactitud. El paso del tiempo confunde la memoria y recordamos un hecho no de la forma en que realmente sucedió, sino de la manera en que nos gusta que hubiera ocurrido. De todas formas, para esta historia no tiene mayor importancia, lo que importa es que padre e hijo iban al estadio a ver a Chile contra los Brasileños, Chile contra los brujos, Chile contra los mejores jugadores del planeta.

A su padre siempre le gustó andar acompañado y esa vez no fue excepción. Cuando el niño volvió de jugar un interminable partido de fútbol en la cancha de tierra del barrio, su papá ya se encontraba en casa junto al negro Kakoko, el único chileno de piel oscura que habitaba en aquel barrio periférico de Santiago. Lo llamaban así por su parecido con un jugador de Argelia o Camerún que había hecho su aparición en el mundial de España tres años atrás. Su padre y Kakoko estaban fumando un cigarro de Marihuana en el patio de la casa. Él y todos sus amigos fumaban la hierba que en esos tiempos se cultivaba a los pies de la cordillera de Los Andes. Este hecho, a los ojos del niño, separaba a su padre y sus amigos de los demás personajes del barrio, ésta minúscula acción los hacía distintos, los transformaba en portavoces del nuevo orden de las cosas. Al niño lo hacia sentir especial, diferente. A veces le molestaba, pero lo colocaba en una categoría a la que los demás niños jamás podrían acceder. Los amigos de su padre eran al menos diez años más jóvenes que éste y no tenían hijos, así es que cada vez que el niño salía con su padre, se pasaba bastante tiempo con ellos, ya fuera en una fiesta, o en los interminables partidos de fútbol que adornaban las tardes del verano.

Salir al patio mientras escribes. Prender un cigarro. Meter y sacar la mano en un bolsillo. Girar describiendo un círculo completo e imperfecto. Mirar cielo. Dar pitadas apuradas y nerviosas. Seguir nubes con la vista. Mascar un pedazo de carne que se ha quedado entre los dientes desde el almuerzo. Arrojar el cigarro. Aplastarlo con el pie. Volver a la casa, volver a escribir.

Después de bañarse vestirse y comer, se reunió con su padre y con Kakoko en el patio. Estos discutían sobre las posibilidades del triunfo chileno, y al niño lo alegró saber que su padre era el que defendía las opciones nacionales. Todavía había tiempo y su padre le preguntó si quería invitar a un amigo, a su amigo Alexis. El niño respondió que sí, que por supuesto, que lo iría a buscar en seguida. Y eso hizo. Corrió lo más rápido que pudo las cuatro cuadras que lo separaban de la casa de su amigo y gritó su nombre un par de veces hasta que éste asomó su cabeza por una de las ventanas sin vidrio que daban a la calle. El niño le dijo que se cambiará ropa, que su padre los llevaría al estadio. Alexis desapareció por la ventana y el niño se quedó afuera, esperando. Alexis se demoró un rato, los únicos zapatos que tenía estaban rotos y su madre se los remendó como pudo, evitando que sus dedos quedaran al descubierto. La cantidad de minutos que el niño esperó hasta que su amigo estuvo listo para partir es inexacta y varía de acuerdo a la persona que decide contar esta historia. Pudieron haber sido diez, veinte o treinta minutos, que para el caso dan lo mismo. Cuando los niños llegaron a la esquina del paradero, el padre y Kakoko ya no estaban. Desesperado, el niño volvió a su casa. Solo su madre estaba ahí, y con tristeza le señaló que su padre ya se había marchado. El niño no podía creer lo que acababa de escuchar, con furia le grito a Alexis que se fuera a la mierda, que por su culpa su padre se había marchado sin él. Alexis volvió a su casa mirándose los zapatos de vez en cuando, sin pensar mucho en nada, pero el niño lloró desconsolado por mucho tiempo en la soledad de su habitación. En algún momento su madre golpeó la puerta y le dijo que el partido lo estaban dando por televisión, que lo miraran juntos. Al principio sus palabras fueron incapaces de consolar las lágrimas del niño, pero después de un rato, éste apareció en el living y se sentó junto a ella. Caszely y Rubio anotaron los goles nacionales y Chile derrotó al poderoso Brasil por dos a uno.

Veinte años después recibía el mensaje de su hermana en la ventanilla del Messenger. El niño, que ahora bordeaba los treinta años de edad, lo leyó varias veces y pensó, aunque intentó no hacerlo, en aquel partido, en como se siente cuando te abandonan, en si es el dolor del abandono lo que nos acerca un poco más a la muerte. Pasaron un par de días antes de que le comunicara la noticia a su esposa. Lo hizo el día antes de partir a Europa por vacaciones y por el Mundial de Alemania. Ella le dijo que no era problema volver a Chile y cancelar el viaje. Pero él sabía que ella lo había planificado toda su vida. El no pensó en regresar a Chile a ver a su padre, la única idea que rondó su cabeza en ese momento fue en como se habría sentido celebrando un gol de Caszely frente a Brasil en un Estadio Nacional repleto de chilenos.

Al día siguiente, el niño que ya no era tal y su esposa partieron rumbo a Ámsterdam sin mirar atrás, sin mirar nunca más hacia atrás.

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Sobre Miguelanjel Acosta

Miguelanjel AcostaEscritor y Director de DD. Un ex-amigo lo consideró uno de los mejores poetas de su generación. Al día siguiente abandono la poesía. Participó en el taller de cuentos Uff durante cinco años que parecieron un día. Fundador de Despreciables, y su némesis Dosdisparos. Va a todos los conciertos que puede. Hincha de Ferroviarios y de todo lo que huela a amateurismo. En su tiempo libre practica una imitación bastante pobre del Temucano, cuya música detesta. Corrió tres maratones y nadie le cree. Su padre le enseñó a hacer volantines, un gato, a destruirlos.

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