Antonio Sepúlveda, domador de leones, por Miguelanjel Acosta

Hace unos días estaba en la fiesta de aniversario de la Patogallina y Antonio estaba presentando su cuento erótico. Una fila de unas seis personas esperaba su turno para entrar al laberinto. Le pregunté a uno de ellos que era lo que estaban esperando. No sé, pero adentro hay un tipo vestido como domador de leones.

Me alejé riendo y pensando en cuantos comentarios como este se generaran en las mentes de quienes se topan con Antonio por algunos minutos durante las interminables actividades en las que participa, ya sea como juguetero, diseñador de vestuario y caleidoscopista. A continuación la entrevista realizada por Dos Disparos justo antes de lanzar El extranjero, la última obra del Colectivo La Patogallina.

Puntual como nunca llego a casa de Antonio a entrevistarlo y mostrar parte de su trabajo, sus ideas y su mente. Por un tiempo breve yo también viví en esta casa, que ahora está más verde y más colorida que antes.  En ese tiempo éramos cuatro, dos escritores, un cineasta y Antonio que estaba dedicado a tiempo completo a la creación de caleidoscopios. En las tardes tomábamos el té, fumábamos algo y después cada uno continuaba en lo suyo. Hablé y canté harto con Antonio por esa época, así que al enfrentar la entrevista tengo información privilegiada que no hace mucha falta porque Antonio lleva la conversación y la vida en la sangre.

Hace un tiempo me contaste que en un particular momento de tu vida decidiste dar un giro total a las cosas. ¿Qué te motivo?

Estaba trabajando de vendedor en el Parque Arauco y esa vida me tenía aburrido. Cuando terminé el liceo quería seguir estudiando, pero eso no era una posibilidad en mi familia. Tuve que empezar a trabajar de inmediato. Y vendiendo me iba bien, pero yo sabía que había algo más, no me gustaba la vida que estaba viviendo, era la vida de un robot, de un autómata. Así que empecé a llegar tarde algunos días, a tomarme licencias, a llegar con jeans rotos a trabajar. Quería que me echaran y después de unos meses lo conseguí. Con esa plata más algunos ahorros me alcanzaba para estudiar un año, pero ya tenía como 25, 26. En realidad no sé, el tiempo se manifiesta de una manera extraña cuando recuerdo, no es una línea, tiene más que ver con una conexión del tiempo en base a las emociones, a los temas que van tiñendo la vida.

La cosa es que lo primero que hice fue ir a la escuela de diseño, pero había un cartel en la puerta, Cerrado por duelo; en ese momento lo interpreté como una señal. No tenía tiempo que perder, la sensación de urgencia era máxima, así que me fui a la escuela de teatro. Estuve seis meses ahí y me cambié a otra porque no me gustó, le faltaba mística y no estaba aprendiendo a una velocidad que igualara mi urgencia.

¿Cómo llegaste a La Patogallina?

En la escuela de teatro había conocido al Pato Pimienta, habíamos hecho algunos ejercicios juntos y él sabía un poco como trabajaba yo y lo que me interesaba. En ese tiempo La Patogallina ya había lanzado A sangre e’ pato. Los había ido a ver y los encontré increíbles. Nunca pensé que me iban a invitar a participar. Igual al Pato le costó invitarme, yo creo que por la amistad que habíamos desarrollado. Al final me propuso que participará como actor y diseñador en El Húsar de la Muerte. Eso fue una sorpresa  porque nunca antes había visto el diseño como algo que hecho por mí. Igual en la escuela armaba los vestuarios con ropa reciclada, pero todo cosido a mano. Hasta ese entonces nunca había usado una máquina de coser. Pero el Pato vio que tenía la capacidad de hacerlo. Yo creo que toda la gente se daba cuenta menos yo. En la obra 1907 me dediqué solamente al diseño. Era muy difícil estar actuando y diseñando al mismo tiempo. Necesitaba estar abajo del escenario para ver el vestuario, como funcionaba con las luces, con el movimiento de los cuerpos. De cierta forma el diseñador es como un director paralelo. A mi pasa que voy construyendo y modificando el vestuario a medida que avanzan los ensayos y también después, durante las presentaciones. El vestuario en La Patogallina siempre va evolucionando, transformándose junto con la obra.

¿En qué momento aparecen los caleidoscopios?

Fue para una navidad. No teníamos plata con una amiga y se nos ocurrió hacer caleidoscopios. Nos conseguimos todos los materiales porque no teníamos ni uno. Terminamos haciendo 60, lo más clásico, muy artesanal. Lo increíble fue que los vendimos todos y ahí me di cuenta que podía ganarme unos pesos haciendo caleidoscopios. Ya se me había acabado la plata que tenía guardada para estudiar.

Al principio vendía en la calle, en la feria, donde fuera. Y siempre la gente me pedía lo mismo: Oye, ¿no tenís con minas empelota? Al principio me molestaba, me daba rabia que me pidieran eso cuando el caleidoscopio era mucho más. Después me di cuenta que había un nexo entre lo erótico y lo oculto, porque cuando miras por el caleidoscopio nadie más ve lo que tú estás viendo. Por esos días el Pato Pimienta estaba presentando Organika una obra de teatro erótico en Cite Jofre, y se nos ocurrió armar la 1era Exposición de Erotismo. Después la presentamos en el cine Normandie. La gente quedo rayando la papa.

Lo bueno del caleidoscopio es que nunca alcanza su totalidad. Todos los temas que he desarrollado se pueden ampliar, los eróticos, los de circo chileno, los de crin. Los temas se van ampliando a medida que progresas. Con la historia de comic he tenido que inventar más ya que cada página estaba incompleta. Además le añadí el número de feria, porque lo que yo hago ahí es un número de feria.

 

 

¿Cómo llegaste a usar Crin?

Bueno tengo estas ilustraciones de aves que hizo Claudio Gay y había visto a una señora que se pone cerca de la Catedral de Santiago tejiendo crin de caballo de distintos colores y haciendo aros y adornos. Así que en el verano viajé al pueblo de Rari, donde las señoras se dedican a esto. Me pase la semana conversando con la gente. Me invitaban a tomar té y yo les mostraba los caleidoscopios con piezas de su artesanía. ¡Mire lo que hace con nuestros tejidos!, me decían bien contentas.

Rari es un pueblo de una sola calle larga, y en todas las casas se teje. Uno entra y compra. En verano todas las señoras tejen bajo el parrón y conversan. En Febrero quiero volver y hacer una exposición bajo uno de esos parrones. Dejar un caleidoscopio en cada casa para promocionar la exposición. Me quiero juntar con el sindicato de tejedoras a tomar té y grabar todo, sacar hartas fotos. Hay mucho material de primera mano. Va a ser bonito mostrar como el crin da toda la vuelta y regresa adentro de un caleidoscopio.

 

INDIA

El año pasado viajaste con la compañía a India a participar en un festival. ¿Qué te pareció?

India es en sí un caleidoscopio, aunque físicamente no vi ninguno. Me gustó sentir la ingenuidad de la gente, ver como todo brilla, las telas, los neones en las iglesias, las decoraciones, las lámparas, las lentejuelas por todas partes. India es un caleidoscopio, pero no encapsulado.

Al llegar nos dimos cuenta que el material del Húsar se había extraviado en el camino, así que decidimos hacer todo de nuevo. No sé como lo sacamos adelante, pero la obra maravilló a la gente. Para mí estar ahí era como tener un orgasmo constante. A ratos sentía que levitaba. Lo más loco es que tenía un sequito de hombres que me seguían a todos lados. Yo les gustaba porque era blanco, y se pasaban el día haciéndome cariño. Eso le podría haber pasado a cualquiera de nosotros, pero los otros no se dejaban.

 

 

 

 

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Sobre Miguelanjel Acosta

Miguelanjel AcostaEscritor y Director de DD. Un ex-amigo lo consideró uno de los mejores poetas de su generación. Al día siguiente abandono la poesía. Participó en el taller de cuentos Uff durante cinco años que parecieron un día. Fundador de Despreciables, y su némesis Dosdisparos. Va a todos los conciertos que puede. Hincha de Ferroviarios y de todo lo que huela a amateurismo. En su tiempo libre practica una imitación bastante pobre del Temucano, cuya música detesta. Corrió tres maratones y nadie le cree. Su padre le enseñó a hacer volantines, un gato, a destruirlos.

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