Currículum viral, por Rebeca Yanke

 

 

 

En mi documento de identidad dice que nací en Bilbao, pero me gusta decir que soy de Getxo, porque era lo que decía mi abuelo: “No, yo de Bilbao no soy, soy de de Getxo”. Y en realidad es cierto pues uno es, creo, de donde ha vivido, y yo a Bilbao iba para ir al cine, de compras o a la cena de fin de curso con los amigos. Hasta los 23 años viví en Getxo, en casi todas las localidades que lo integran y que lo hacen formar un municipio. Getxo es ya ciudad, imagino. Es un pequeño paraíso, pues hay playas (Bilbao no tiene), muelles, puentes, puertos, botes, la típica gastronomía vasca con un aire de grandeza extra, y mucha gente que pasea. Allí pasear es una costumbre ancestral. Se puede pasear en pareja, solo o con amigos, pero si se pasea “en familia” se responde por completo a la imagen de Getxo como un oasis vasco, un lugar donde se puede vivir. Es más, donde se puede vivir bien, donde hay ‘calidad de vida’.

En la época en la que yo crecí allí no había tregua por parte del grupo terrorista ETA. El oasis no te eximía de vivir una bomba, o de que a tu vecino lo mataran de un tiro en la nuca, una de las formas preferidas de asesinato de los terroristas, cuando mataban en plena calle, a cualquier hora del día. Durante una época viví enfrente de una urbanización donde vivían las familias de los guardias civiles. Aquellos niños tenían pocos amiguitos si hacían su fiesta de cumpleaños en casa. Porque entonces todavía se hacían fiestas de cumpleaños en casa, con sus panchitos naranjas y sus patatas y la posibilidad de mezclar Coca Cola con Fanta y de tomar mediasnoches de nocilla. Mis padres siempre me dejaron ir a las fiestas de los hijos de la Guardia Civil. Yo no iba con miedo sino bastante orgullosa de que me dejaran ir. No entendía nada en aquel momento, creo que tenía ocho, tal vez diez años. En aquella misma época mataron a un guardia civil en mi calle, precisamente en la puerta de mi casa. Cuando me dejaron salir todavía estaba el hombre cubierto con una sábana blanca llena de rojos. La violencia parecía muy de andar por casa, pero no, mataba. Nunca dejó de morirse nadie hasta hace un tiempo. Por eso, pensar en la muerte de alguien más, me produce escalofríos y miedo, muchísimo miedo.

Unas tres casas después de aquel incidente yo vivía ya con mis abuelos, y la tensión política en la que se vivía en el País Vasco comenzó a formar parte de mi vida diaria. Mis padres, que no eran especialmente políticos, que no eran especialmente religiosos, que no eran especialmente nada excepto desgraciados, ya se habían muerto, yo tenía 16 años y mi abuelo se sentaba en su sillón orejero y decía que Arzallus era el diablo. En aquella casa, en la que siempre hubo alrededor de diez personas durante mi adolescencia, la gente se peleaba por la prensa y por los suplementos. Especialmente si era domingo. Mis dos hermanos pequeños y yo vivíamos con mis tías, mis primos venían todos los días; había una señora que limpiaba y hacía la comida y mi abuela, con una cabeza galopante, dirigía nuestras vidas desde su silla de ruedas. Mi abuelo salía todas las mañanas de domingo y volvía con El País, El Mundo, el ABC, pero en casa ya se había recibido, en la puerta, el diario ‘El Correo Español/El Pueblo vasco’. Todos en aquella casa oían la radio y la televisión también formaba parte de esa eterna conversación familiar sobre política, cultura, religión y ¡moral! La verdad es que aquella casa parecía muy liberal, sus habitantes muy capaces de hablar, excepto del dolor; no sé si porque los vascos son así, recios, duros, o porque, realmente, aquella casa, y esa familia, la mía, terminó sufriendo mucho y, al cabo, hablar del dolor, cada uno del suyo, no hacía más que incrementarlo.  Por eso es que a veces se escribe llorando.

Mi abuela, que escribía cartas a Felipe González aleccionándole sobre el aborto, parecía consciente de que iba a morirse pronto, porque con el tiempo me he dado cuenta de que intentó darnos una educación exprés. Como si pensara: Bueno, a ver, tengo que explicarles todo lo necesario en los próximos cuatro años. Fue ella la que consiguió que yo dejara de estar continuamente en casa, aun teniendo amigos, leyendo. No hice otra cosa durante todos los años de instituto. Tenía amigas, a veces salía, pero lo que yo realmente quería, y eso hacía, era quedarme en casa leyendo. No sé si lo sabe alguien pero cuando llegaba del instituto a las tres y media de la tarde, después de comer lo que la señora Isabel me había dejado en una bandeja, en la cocina, me iba a la habitación de mi abuela, ella siempre estaba junto a la ventana, y me tumbaba en su cama, y en la de mi abuelo, aquellas dos camas enormes en realidad, aunque juntas, que a saber dónde están ahora, o si siguen existiendo, y mi abuela, que se llamaba Begoña, leía los Evangelios. A veces, después, me explicaba cosas.

Si sé hacer croquetas es porque ella me dictó cómo hacerlas. Y entre aquella habitación, con ella en su silla de ruedas, y la cocina, se interponía el resto entero de la casa. Pero yo la oía. Fue ella la que me animó a irme el verano anterior a comenzar Periodismo en la Universidad del País Vasco a los Estados Unidos. Ella, seguramente, quien me animaba a escribir cartas desde allí, ella la que me escribía, la que hacía al resto de mi familia escribirme. En aquella primera incursión estadounidense fui a dos clases interesantes en Bucknell University, una sobre escritores homosexuales y otra sobre literatura medieval, francesa e inglesa. Fue un poco loco descubrir que uno de los escritores que acababa de leer, Michael Chabon, autor que me había recomendado mi tía Sofía, hermana de mi padre, fuera uno de los autores homosexuales a estudiar. Yo ni siquiera sabía que era homosexual, tampoco que lo fuera Patricia Highsmith. Me encantaban las dos novelas de Chabon que había leído, Los misterios de Pitsburgh y Chicos prodigiosos, de la que luego hicieron una película con Michael Douglas y Robert Downey Jr, si no recuerdo mal. En la clase sobre literatura medieval no pude aportar mucho pero a mis compañeros les encantaba cuando  leía el texto antiguo. A la profesora también. Me invitó a cenar una de las últimas noches, junto a otras dos estudiantes. Nos dijo: “Yo termino, ustedes empiezan, hagan algo como esto cuando les suceda lo que a mí”. Lo decía contenta.

Cuando volví a España las clases de Periodismo ya habían comenzado. Tenía amigos en la carrera. Mi amiga Lenda, con la que fui al colegio. Mi amiga Cristina, a la que conocía de los veranos en Castrourdiales, adonde se fue a vivir mi padre pocos años antes de morirse. Ahora, mientras escribo, me alegra pensar que, al menos, durante sus últimos años, mi padre pudo vivir como quiso. Sé que fue feliz. Bajaba a la piscina de aquella urbanización pequeñita en camiseta y con un pareo rojo. Pocos hombres usaban pareo en los 90. También tenía un sombrero panameño. Era un hombre guapo y simpático. Un hombre capaz de cometer los peores errores por las mejores razones. Nunca vi llorar tanto a mi abuela como cuando se murió él. Lloró más que cuando murió mi abuelo, unos años después. Desde entonces sé que si bien es difícil, es una puta mierda, perder a tus padres siendo joven, perder a tus hijos es mucho peor. Es de hecho antinatural. Al fin y al cabo uno ha de enterrar a sus padres. Eso sería lo normal.

 

 

Yo fui ejerciendo esa normalidad desde los 15 hasta los 22, exactamente así, como se requería de mí, con absoluta regularidad. Y así hice la carrera de Periodismo, con gusto, con buenas notas. El hermano mayor de mi padre era periodista y era el orgullo de la familia. Creo que cuando yo me fui a Estados Unidos, él comenzaba a salir en la radio. Mi tío Germán, supe muchos años más tarde, fue la primera persona que recibió a mi padre la noche que ingresó en el hospital y se murió. Él llegó primero porque estaba en la redacción del diario ‘El Mundo’, en el País Vasco. Le dijo a mi padre: “Todo va a ir bien, Gonzalo”. Y él respondió: “Yo sólo espero que todo les vaya bien a mis hijos, y a vosotros”. Ser periodista en aquella casa, en tanto que me gustaba leer y escribir, en tanto que, como todos los demás, leía con el periódico si me tocaba comer sola, y peleaba como los demás el domingo por los suplementos, parecía para mí el camino a seguir. Lo tomé sin pensarlo demasiado, como si a mí también me pareciera natural. Y lo fue.

El último año de carrera lo hice en Italia con una beca Erasmus y puedo decir que fui feliz, aunque ese enero también muriera mi abuela y viajara sola desde el sur de Italia hasta Milán, y después hasta Bilbao, con la mayor incertidumbre del mundo sobre mi espalda. Con todo mi miedo. Aquel enero sabía que algo no iba bien, porque mi abuela me llamaba todos los días. Absolutamente todos. Y de repente dejó de hacerlo.  Desde que murió mi abuela no he vuelto a tener esa certeza de mundo que da el verdadero amor, el amor de quien realmente no quiere más que tu bien, sin condicionantes. Mis hermanos seguían siendo pequeños, mis tías seguían siendo jóvenes. Y yo me volví a Italia, de donde finalmente regresé con un amor que aún perdura por el país, la lengua y la literatura italiana.

Ya en Getxo, de nuevo, una familia, la mía, terminaba por desmembrarse por completo. Ya no hacía falta vivir en una casa tan grande, así que hubo una mudanza de nuevo. Mi hermano, que aún era pequeño, preguntó una noche: “¿Quién se va a morir ahora?”. Mi tía Paloma fue la única valiente, la única que respondió, serenamente: “¿Por qué dices eso, Gonzalo?”. Y Gonzalo dijo que porque siempre que se mudaba era porque se había muerto alguien. Ya se le había muerto su abuela ese año pero él debía de imaginar que la muerte, él ya lo sabía, no se termina nunca.

Me fui a Inglaterra con mis amigas María y Nerea, un invierno. Cada una con su drama detrás, intentamos vivir solas, trabajar. Todo nos fue bastante mal, excepto en lo que respecta a la amistad. Invadimos la casa de nuestra amiga Cristina y su novio Andrew. Trabajamos en una residencia de ancianos porque fue el único trabajo que conseguimos. Aquel pueblo era Gloucester y no veíamos el sol. María y yo sentíamos una extraña devoción por nuestro trabajo. Nerea no tanto. María y yo realmente sentíamos que era lo que decía nuestra chapita: Care Assistant. Realmente creíamos en la palabra cuidado, en su verbo, creíamos en cuidar. Considerábamos que era esencial. Había un libro, creo que de Leonardo Wolf, que se llamaba así, El cuidado esencial, y lo leímos y nos pareció esencial. Limpiábamos y alimentábamos a señores y señoras ingleses y mayores. Y llorábamos por las esquinas. María y yo nos encontrábamos en una columna y nos contábamos la una a la otra las barbaridades que veíamos hacer a las care assistants inglesas, que por supuesto nos odiaban.”Fíjate el pobre Bob, me lo he encontrado llorando porque lleva media hora sentado en el wáter y la chica que le ha llevado no va a buscarle”.

Mi favorita era Hilda Bougin, una señora impecable que pedía hasta perdón por hacer popó. Una señora cuyo marido había muerto en la II Guerra Mundial. La primera persona a la que lavé, vestí, perfumé y llevé en su sillita a desayunar al comedor, pocos meses después de que mi abuela muriera. Ella me dijo cuando llegamos a su mesa: “Usamos unos baberos que están allí, en aquel cajón”, y lo señaló. Así que hice mía a Hilda y siempre iba a despertarla cada mañana, y cada mañana la colocaba en su mesa junto a sus amigas e iba a por su babero. Una vez, mientras me iba, le escuché decir a sus compañeras: “Le dije que usábamos baberito la primera vez, y nunca se le ha olvidado”. La sonrisa que debía tener yo mientras caminaba por aquel pasillo de residencia de ancianos, por aquel olor y dolor, debió ser gigante, realmente enorme. Yo servía para algo. Hasta aquel entonces mis trabajos habían sido más ligeros. Había sido recepcionista, o algo así, en un centro de psicología y logopedia para niños. Vi niños con muchos problemas allí. También di clases de apoyo a niñas de 10 años de un colegio del Opus Dei, organización religiosa a la que pertenecieron mis abuelos durante varios lustros, más o menos hasta que se arruinaron, a finales de los setenta, comienzos de los ochenta.  Los Yanke fueron ricos hasta que yo nací. Y se notaba. Se notaba que se había vivido de otra manera y que tuvieron que acostumbrarse a una nueva. No parecía dolerles demasiado. Mi abuela tiraba del carro y, en aquella casa, siempre se valoró mucho el trabajo, la capacidad de sacrificio, la voluntad, el estudio, las buenas maneras, la educación… Las formas.

Cuando finalmente regresamos al País Vasco, las cosas no habían terminado aún de desmembrarse, claro. María tardó poco en irse a los Estados Unidos. Yo, alentada por mi tía Sonsoles, solicité plaza en máster de Periodismo que daba la Universidad San Pablo Ceu en colaboración con el diario El Mundo, en Madrid. Recuerdo que le dije: “Pero si no tenemos dinero”. Y ella respondió: “Dan becas. Tú inténtalo, y si no te dan la beca, pues ya veremos”. Pero me la dieron. Alguna bondad ha de tener la orfandad y, en mi caso, me ha permitido estudiar. Ese máster incluía unas prácticas en el diario y a mí me tocó en la sección de Nacional, donde me bautizaron como Rebecaria, donde fui becaria siete meses y volví a ser feliz, como en Italia. Estaba sola, como en Italia. Como en Inglaterra. Rebecaria era, sin embargo, más Rebeca que nunca. Aquello fue en 2003 y estos últimos diez años me han parecido muy rápidos. Y muy intensos.

Mientras aprendía a ser periodista leía poesía de forma compulsiva. Como si fuera mi única manera de estar viva. También lo dejé todo escrito. Escribí entre 2005 y 2010 un diario en internet, ‘Tribecca’, que sigue ahí, como un resto más de la blogósfera. Lo escribí todo: todas las personas que pasaron por mi casa, todo aquel al que entrevisté, los reportajes que hice, los viajes, las personas que conocí, los libros que leí, los dolores que tenía… Mi soledad era la de todos los que me leían. Conocí gente, hice amigos, fui a visitarlos, me visitaron a mí. Mientras tanto, en el periódico, tenía entonces la sensación de que crecíamos juntos. Nos enseñaban, y nos enseñábamos los unos a los otros. Aprendimos que los jefes gritan, y que tampoco es para tanto, que si no puedes incluir cuatro cosas en un titular quizá vale con poner tres. Aprendimos a escribir lo que había que escribir, a callar cuando es necesario. A trabajar rápido, a comunicarnos por teléfono, a intentar, en cada reportaje, que todo fuera como debía de ser, aunque se estuviera hablando de tuercas y tornillos. Aprendimos, en definitiva, lo que no estaba escrito. La redacción engancha. Engancha ese ruido. Los teléfonos, las voces, las risas y algunos aplausos que todavía escucho y que siempre provienen de la sección de Nacional, la que yo tuve la posibilidad de disfrutar cuando era becaria. Luego he pasado por varios suplementos, casi todos relacionados con los jóvenes y la educación. Por mi tendencia personal a vivir intensamente la literatura, terminé también escribiendo a menudo sobre libros, o sobre escritores, especialmente poetas, especialmente si son jóvenes.

Personalmente, fui avanzando en la asimilación de mi propia historia. En el 2007 tuve conciencia de lo que la muerte de tanta gente había significado en mi vida. Eso provocó que comenzara a escribir de otra manera, en otro diario, esta vez más poético según el devenir que he podido observar con el tiempo (o han observado otros).  Ese blog se convirtió en libro en 2010. Se titula ‘Infinitos corpúsculos’. Ese mismo año tuve que volver a trabajar en mí. En esa asunción de vida que seguramente no haya terminado y que a fin de cuentas, me ha llevado hasta aquí, no sé si en forma de huida o de destino implacable. El año pasado me dio un viaje y me puse a estudiar de nuevo, un posgrado en Literatura digital que, ahora, estoy terminando. O Itaca o naufragio. Mi tránsito.

 

 

 

 

 

 

 

 

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Sobre rebeca yanke

rebeca yankeAntes escribía en largo. Llegaba a casa por la noche, abría el ordenador y soltaba todo lo que hubiera vivido hasta el momento y que no estuviera ya escrito. Como si algo tirara de mí hasta sacarme todas las palabras que tuviera dentro. La gente que pasó por casa, las cosas de las que hablaron, el viaje que hice, el amigo que vi, las conversaciones que se mantuvieron, los libros que leí. Pero me silencié. Dejé de tener la necesidad de expresar todo tan claro, o de contar tanto. Desde 2007 mi voz es otra, adquirió cuerpo de letra, se hizo minúscula. Se debate entre decir y no, entre el silencio y el gesto. No nos damos cuenta de la dificultad de hacer poética, a veces ni siquiera queremos intentarlo, y el plural no quiere ser mayestático.

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