Miss Panamá, por Patricio Navia

             A Miss Panamá, por su inolvidable coqueteo en una noche primaveral en Santiago.
Los hechos aquí narrados efectivamente ocurrieron pero mi imaginación
los ha distorsionado demasiado como para alegar que efectivamente ocurrieron.
 
 

No recuerdo su nombre. No me preocupa en demasía porque, después de todo, la vi sólo una vez. Además, Carlitos se apuró en llamarla Miss Panamá pocos minutos después que ella y yo entráramos al Liguria de Manuel Montt esa noche de viernes de noviembre de 1999.

Chile hervía -exagero intencionalmente al utilizar el verbo- de política, producto de la inminente elección presidencial que se celebraría a mediados de diciembre. Aunque las encuestas señalaban que el aspirante de la conservadora Alianza por Chile, el opus dei Joaquín Lavín podría dar una sorpresa imponiéndose al gran favorito, el socialista y concertacionista agnóstico Ricardo Lagos, lo cierto es que todos los que nos reunimos esa calurosa noche de verano en el Liguria confiábamos –ingenuamente- en una fácil victoria de nuestro candidato. También Miss Panamá. Era la calma antes de la sorpresa del domingo de la elección, cuando Lavín forzó a Lagos a ir a una segunda vuelta en enero del 2000.

Inevitablemente, lo primero que hablé con Miss Panamá fue sobre la contienda presidencial. Aunque los extranjeros que han residido en Chile legalmente por más de cinco años pueden votar, Miss Panamá, por su condición de estudiante en el país y por haber vivido sólo durante 18 meses en Santiago, no gozaba del derecho a sufragio. Yo, por no estar inscrito en los registros electorales, tampoco. Le señalé que teníamos algo en común. Ella, coquetamente, me recordó que teníamos también otras cosas en común. Éramos colegas. Nos habíamos conocido un par de horas antes en una recepción en ocasión de la clausura de un congreso de ciencia política. Por alguna razón fortuita, que resulta irrelevante en esta cuenta biográfica sobre un decadente bar del sector oriente de la capital (como dicen en las noticias cuando hablan de Las Condes), yo había realizado una presentación ante una audiencia de alumnos que habían asistido -obligadamente supongo- al congreso; de algunos colegas que seguramente fueron a escuchar a alguno de los otros panelistas y de unos amigos míos, también colegas, que me correspondían con su presencia el gesto solidario que yo anteriormente había hecho al asistir a sus ponencias.

No quisiera conducir a errores. Me encanta mi profesión. De hecho, en la recepción posterior al evento, Miss Panamá y yo hablamos de ciencia política. Pero, para cerrar el asunto, los congresos de la profesión me producen un cierto grado de sopor, ya que en vez de poder revisar libremente un paper, saltándome secciones y concentrándome en las partes que me parecen relevantes, en estos congresos uno está obligado a escuchar toda la presentación del artículo de marras, respetando los énfasis que cada autor opta por destacar en su ponencia que, además, siempre me han parecido excesivamente largas.

La cuestión es que Miss Panamá y yo terminamos hablando en la recepción que se organizó después de la ponencia. Miss Panamá era, efectivamente panameña. De baja estatura e innegable sobrepeso, Miss Panamá tenía, no obstante, un evidente encanto. Además de una avasalladora personalidad -fue ella la que se acercó a hablarme- sus incuestionables kilos extras estaban graciosa y proporcionalmente distribuidos en sus enormes caderas y sus abultados senos. Una impresionante cinturita hacía que sus gruesas piernas y sus anchos hombros le dieran ese toque curvilíneo que hacía irrefutable que no todas las mujeres delgadas eran atractivas ni todas las mujeres gordas padecían de esos vergonzantes rollos que, por cierto, pueblan (mucho más hoy que entonces) mi académica cintura.

Digo entonces que Miss Panamá me pareció una gordita chiquita y terriblemente cachonda cuando la conocí. Posiblemente contribuyó el hastío de haberme pasado todo el día en el congreso de ciencia política. Posiblemente también contribuyó que yo era uno de los expositores más jóvenes y apuestos del grupo -no peco de exageración ni excesiva presunción, sino más bien hago gala de la poca competencia que existía entre el grupo de documentados expositores intelectuales pero ya entrados en años. El caso es que Miss Panamá y yo terminamos hablando y riendo juntos. Su interés en la política latinoamericana y su acabado conocimiento de asuntos panameños (después de todo, Panamá estaba por recuperar el control del canal el 31 de diciembre de ese año), cautivaron mi sincero interés en seguir gozando de su risa, de sus comentarios, sus historias, sus opiniones y sus ágiles movimientos que imaginé contradictorios con sus evidentes kilos de sobrepeso. Mientras hacía gala de mi supuesto conocimiento docto de los temas de política -después de todo yo había sido un exponente y era estudiante doctoral en Estados Unidos, mientras que ella sólo estaba en la audiencia y era estudiante de una maestría- y ella demostraba interés, que yo consideraba falso, en los detalles de mi presentación, le mencioné que tenía que juntarme con Carlos en el Liguria un rato después.

No sé si fue por educación, por interés intelectual o porque me calentaban sus enormes tetas y su gigantesco culo que difícilmente cabían en el ajustado vestido primaveral que llevaba puesto, que la invité a que me acompañara. Tal vez ella se invitó sola. No lo recuerdo. Pero si recuerdo que en el taxi que tomamos para llegar a ese bar de Providencia y Manuel Montt, me fui abrazándola y apretándola junto a mí para sentir sus tetas en mi pecho y para lograr que se levantara la falda y poder mirar sus regordetas piernas morenas. Ella reía y coqueteaba. Yo, alucinando con la idea de que algún día mi futura fama de reconocido cientista político me permitiría levantarme las mujeres más hermosas del mundo, pensaba que como para comenzar, Miss Panamá no estaba nada de mal.

Ya en el Liguria, perdí totalmente el control de la situación. Carlos, Alan y los otros amigos que ahí estaban se dedicaron a adular en exceso -y tal vez con alguna intención burlona mezclada con buena onda- a Miss Panamá. Ella, que aparentemente no era la única chica en una mesa de un bar con cinco hombres, parecía gozar de la coyuntura. Reía y sus grandes senos se posaban sobre la mesa. Se acercaba a mí y yo sentía como esos gigantescos melones tocaban mi pecho. Pensé que sería maravilloso echarme un polvo con una mina así. Además de su acento panameño y su increíble bronceado, el placer de jugar con esas tetas y de agarrarme de esa impresionantemente (y tan artificialmente) pequeña cintura me seducían. Decidí que debía separarme del grupo e invitarla a que nos fuéramos solos a alguna parte. Pero ella estaba demasiado feliz con la indebida atención que recibía como para siquiera considerar mi sugerencia.

De hecho, fue ella la que terminó de convencerme de sumarnos a la iniciativa de Carlos de ir al Barómetro, ya pasada medianoche. Pensé que esa nueva parada me obligaría a posponer mis planes de un polvo por un par de horas. Inevitablemente terminaría viendo el amanecer y mi presencia en las sesiones del congreso de ciencia política del día sábado no llegaría a materializarse. Pero por una cuestión de honor y con la secreta esperanza de que Miss Panamá encontrara repugnante el Barómetro, decidí sumarme al grupo. Craso error. Miss Panamá amó el lugar. La hacinación, el excesivo humo de cigarrillos, el ambiente decadente de viejos conocidos y las insinuaciones eróticas de mis amigos la tuvo entusiasta en el lugar hasta cerca de las cinco de la mañana.  Yo, que siempre consideré el Barómetro como un lugar demasiado decadente, oscuro y pequeño como para sentirme cómodo (después de todo crecí en un mundo donde los bares eran la antesala del infierno), me mantuve silencioso, sentado junto a ella, jugando primero con su cintura y luego aventurando mis manos sobre sus senos. Ella se dejaba tocar a ratos, luego me decía que retirara mis manos. Yo obedecía riendo, solo para comenzar unos minutos después, con la complicidad del hacinamiento y la oscuridad del que siempre me pareció uno de los lugares más detestables -y qué mejor momento para decirlo que ahora- del barrio alto de la capital.

A las 4.45 a.m. le señalé que me retiraba. Dijo que se iba conmigo. Nos despedimos. Salimos a la calle. Le di un beso en la boca y le agarré la cintura (el culo) mientras ella introducía su lengua en mi boca. Nos besamos unos minutos. Me calenté. Le hice señas a un taxi. ¿Vamos a tu depto?, le pregunté. No sé, me dijo. Apenas nos conocemos. Llegó el taxi. Le abrí la puerta. Entró. En un arrebato principista, como queriendo expresar mi rechazo, más al Barómetro que a Miss Panamá, decidí que no podía tolerar que la gorda cachonda me tramitara a esas alturas de la noche, después de haber tenido que aguantar el humo y la decadencia de ese lugar. Cuando ella ya estaba adentro del taxi, cerré la puerta por fuera y me fui caminando en busca de otro taxi. Ella me miró consternada, algo decepcionada, confundida y tal vez molesta. Pensé que en el fondo ella también odiaba El Barómetro y le molestaba mi intransigencia. Paja o muerte, pensé, al subirme al siguiente taxi que paró, jurándome que jamás volvería a ver a la gorda o a poner mis pies en ese bar. Cumplí a cabalidad mi promesa. Aunque hoy me molesta que El Barómetro de todos modos haya logrado inmiscuirse también en mis recuerdos.

 

 

 

 Fotografía: Daniela Gómez Worthington

 

 

 

 

 

 

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Sobre patricio navia

patricio naviaPatricio Navia (Lima, 1970). Es cientista político y sociólogo (Master en la Universidad de Chicago, y Phd de la Universidad de Nueva York). Ha sido panelista del programa televisivo “Tolerancia Cero”, en Chile, y colaborado con medios norteamericanos, chilenos y del resto de Centro y Sudamérica. Entre 1999 y 2008 fue columnista de la Revista Capital. Desde el 2001 es columnista del diario La Tercera y desde el 2004 columnista ocasional de Revista Qué Pasa. Actualmente es profesor de la Universidad Diego Portales (Chile) y de la Universidad de Nueva York (EE.UU.).

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