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Victor Quezada lanza su libro Yoko este jueves 19 de diciembre 2013, en Café Palermo (José Manuel Infante 1414, Providencia), a las 20 horas. A continuación una presentación de Paula Arrieta y 3 poemas del libro.

 

Un relato fundacional es casi siempre la respuesta a una necesidad de origen. Eso que está antes de la realidad material del cuerpo, eso sin imágenes, muestra una urgencia de materialización. La representación, el origen del mito, se abre paso como una certeza amable, valiente, incontaminable.

Desde las historias que contamos para explicar el amor o una amistad hasta aquellas que nos hacen ser parte inconsulta de una nación, el relato fundacional pone como condición implícita la existencia de una coincidencia inexplicable: un elemento mágico-épico es la única forma que garantiza toda la estructura simbólica, la posibilidad de que esto se convierta en historia, y que esa historia nos convierta en nosotros.

Es posible, eventualmente, que ese relato se convierta en un engaño forzoso. Que se trate de un discurso ficticio cuidadosamente armado en el cual héroes, colores y frases detenidas esconden cada una de nuestras derrotas y justifican la brutalidad y la arrogancia de un grupo de poder, de un monarca solitario o del país completo. Pero también puede suceder que el origen del mito resulte particularmente iluminador en el tiempo, que levante la voluntad y que en vez de formar filas reactivas le devuelva la dignidad a la derrota. Que al final siempre se trata de derrotas, derrotar al tiempo, al olvido, a las imágenes desvaneciéndose.

Hay historias e historias. Y si bien todas tienen cosas en común, no es lo mismo la imagen del héroe saltando por su bandera del barco a la muerte en la batalla perdida que la del presidente resistiéndose a poner la vida a disposición del opresor. No es igual, pero ambas construyen un mito, el nuestro.

Yoko no es un relato fundacional sino la reconstrucción consciente del mecanismo con el cual se arma la ficción dicho relato. No se trata de la historia de un origen sino de una colección de historias del origen que, contra toda la lógica de superación de la historia, advierte sobre la intencionalidad de las imágenes, la conveniencia del mito y la vigencia de la trampa. Una sucesión de formas dibujadas para acabar con la amenaza del vacío: del vacío del recuerdo, el vacío del desierto, el vacío del sentido. Héroes criminales, oprimidos, el viaje de huida, la edición y el montaje improbable de una serie de referentes narrativos recortados de aquí y de allá arrebatan toda pureza al acto de constitución.

Algo así como la aceptación del engaño de la historia cuando se pretendía única, incorruptible.
Lo cierto es que un rayo definido penetra la ventana y aquel rayo no es el comienzo,
el primer esfuerzo por verme, sobrepasado de luz, en otro cuerpo. La historia hubiese
querido ser así, suceder en lo otro. De haber nacido yo diferentes tiempos, estas líneas
serían fácilmente la declaración de los derechos del hombre, el discurso inaugural del
Louvre, tal vez el primer manifiesto surrealista.
Sin embargo hay otra falsedad, otro malentendido: esta historia no debería tratar de
mí.

El relato, representación e imagen esquiva, tiene ganas de ser la verdad, y es esta la mayor de sus trampas. Eso que nos hace creer que el lenguaje detiene el tiempo y se convierte en prueba inequívoca de un momento y de un lugar, como si no hubiera de por medio la manifestación de un deseo profundo por no perder la escala, la referencia, la proximidad con el cuerpo. Yoko es, en este sentido, la representación del gesto incansable del hombre por pertenecer, la enunciación desesperanzada de sí mismo. Y toda representación es, al fin, una resistencia a la muerte.

Por Paula Arrieta


 Tres poemas de Yoko (Libros del Perro Negro, 2013)

 

REVERENTE TÚ EN MI PRESENCIA

Me gustaría escribir: un rayo tibio penetra la ventana. Y es aquí cuando despierto, perpetro una presencia.

Lo cierto es que un rayo definido penetra la ventana y aquel rayo no es el comienzo, el primer esfuerzo por verme, sobrepasado de luz, en otro cuerpo. La historia hubiese querido ser así, suceder en lo otro. De haber nacido yo diferentes tiempos, estas líneas serían fácilmente la declaración de los derechos del hombre, el discurso inaugural del Louvre, tal vez el primer manifiesto surrealista.

Sin embargo hay otra falsedad, otro malentendido: esta historia no debería tratar de mí. Así debo anularme, desaparecer hasta perderme, sobrevivirme en cada cosa, en la disposición que la costumbre le facilita a la memoria, que la memoria a la ficción facilita, e imaginar los vacíos.

Pues el rayo, el rayo condujo a la pared, sobre la pared estaba el dibujo de Yoko, su retrato que tracé para no olvidarla: si la dibujo, pensé, tendría que convertirla en imagen, llenar sus vacíos, los vacíos de las cosas, de la costumbre. A fin de cuentas, los vacíos de la visión. Y ese dibujo me llevó al cuerpo vivo y verde de mi planta, su rebosante sanidad en nada parecida al amor que le profeso. Y la luz alcanzaba a penetrar sus hojas: el haz claro, cuando más claro el envés, siempre.

Me hubiese gustado escribir esto pero es inaceptable.

 

ESTO VEO AHORA QUE LIMPIO DE VAHO LA VENTANA FRÍA

Las fuentes de soda las comidas al paso los pequeños mercados de las carreteras. Viajeros se reúnen alrededor de una mesa: lomitos, completos, churrascos, aglomeraciones de pan palpitante la cocaína, otra infinitud de estrellas en medio del desierto.

Esto veo ahora que limpio de vaho la ventana fría. Camioneros de enormes vientres redondos, bolivianos pusilánimes, kurepas, cholos maleantes, hijos o padres de padres o hijos acabados por el alcohol, el dinero embrutecidos.

Yo no quería esto. Yo quería un poema que comenzara con cierto pasaje del Quijote, que terminara con ciertos versos de Vallejo, contuviera algunas líneas, robadas de Sterne, como todo lo anterior está robado de Sterne, Macedonio, Cervantes principalmente.

Pero los hombres descienden a esos salones. Entre dados misteriosos y vasos de cerveza (nada lírica o nerviosa).

Se objetará que mi relación con las cosas no va más allá de un ajuste ideológicamente sublimado, que se hace patente la imposibilidad del regreso. Coincido.

 

YO QUERÍA UN POEMA QUE COMENZARA CON CIERTO PASAJE DEL QUIJOTE

Y el poema comienza con la sobrina, cuando esta le espeta a Alonso Quijano, Quijada o Quesada: apostaré que si fuera albañil construiría una casa como una jaula.

El poema transitaría por la identidad entre casa y cárcel: con el Quijote en la jaula escoltado por el canónigo, como Pound, pero ya basta de Pound, la usura o la insidia.

O con Yorick burlándose de su propio cautiverio en la Bastilla: pues este no es más que el nombre con el que se designa una torre, y una torre es una casa de la que no se puede salir, así de simple.

El poema rondaría aquella reclusión, se esforzaría en manifestar que el viaje demora, regodeado en describir la trayectoria del sol: signo del tiempo y la contienda, la odiosidad de la luz, el absurdo de la existencia.

Por ahora, el poema se abre con la imagen de una casa cercada, de una casa a la que es tan difícil entrar como salir, y se estanca allí, en la vana descripción de la pieza en la que alguien escribe, mientras contempla el calzado vacante.

 

Pintura: Window light, de Thomas Saliot

 

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victor quezada
Víctor Quezada (Antofagasta, Chile, 1983). Es uno de los fundadores de [sic] Poesía Chilena del Siglo XX. Ha publicado los libros de poesía Veinte (La Calle Passy 061 Ediciones, 2004), Muerte en Niza (Marea Baja Ediciones, 2010) y, recientemente, Yoko (Libros del perro negro, 2013). Además publicó el conjunto de narraciones "Compost" (2013). E-mail: lacallepassy061@gmail.com