Empacho, por Cristian Bertolo

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Me tenían encerrado entre cuatro paredes y me ponían frente al televisor en verano. Todo el día. Me daban de comer más de la cuenta porque sino estaba gordito no estaba sano según mi abuela. Mucha pasta, carne y nada de verduras, un large Nesquik con una barra entera de pan con manteca y azúcar para la merienda. No hacía nada de deporte ni me dejaban juntarme con los pibes del barrio en el potrero, ni iba a la colonia de vacaciones. Así que estaba como una morsa, medía 1,20 y pesaba 50 kilos. Un día caluroso de Enero casi exploté. Dijo mi madre que estaba empachado. Me había comido toda la pastaflora que había hecho esa tarde y me estaba revolviendo en el sofá con retorcijones que me explotaban del culo gordo como un soplido apretado de piñata. Estaba todo hinchado y colorado en las mejillas, tirado y con el ventilador de techo puesto. Pasaban una de Mcgiver en Canal Trece. Mi vieja después de haberme tomado la fiebre del sobaco me dijo que fuera a ver a mi madrina. Ella vivía al lado de casa. Toqué a su puerta y me abrió. Le conté para que venía y me dijo que me sentara y esperase. El living comedor de su casa era austero pero funcional, típico de los chalecitos del extrarradio. Había un aparador grande de símil caoba con cajones donde guardaba la vajilla especial y un coqueto espejo en el interior del barcito anexado donde guardaba los aguardientes que le servía a mis padres cuando la visitábamos según que domingos. El Telefunken a control remoto ocupaba el hueco del medio. Sobre las baldas de aglomerado conchapado había algunos suvenires de Puerto Iguazú y de Carlos Paz con polvo y algunos tomos de la enciclopedia Larousse ilustrada hasta la letra T. También unos porta-retratos de Joaquín y Natalia cuando eran bebes y en distintas edades, con sus padres. Mi madrina era viuda, su marido había muerto hacía dos años de un cáncer fulminante y sus hijos estudiaban en Capital. No los veía ni sabía de ellos por mucho tiempo.

La silla en la que esperaba tenía el respaldo alto y me incomodaba en la postura. Tuve que apretar el culo para que no se me escapase un pedo bien fuerte y oloroso. Desde la cocina me llamó. Fui y la vi dándole de comer a Lobo, su pastor alemán de 14 años. Estaba hecho una bola debajo de la mesa del mate, mucho pelo muerto a su alrededor, la mirada gris y opaca. Le tomaba una eternidad incorporarse un poco para comer la papilla de Dogui que le había preparado. Mi madrina me señaló que esas piezas blancas ahí detrás eran sus colmillos. Lobo ya no podía masticar ni ladrar ni casi moverse. Se iba a morir pronto de viejo. Abrió la puerta mosquitero que daba al jardín del fondo de la casa y me dijo que tenía algo para mi madre. De la planta de ciruelas arrancó unas frutas y las guardó en una bolsa de plástico verde del súper. Volvimos dentro, Lobo apenas había tocado el plato; en el comedor movió una silla para que me sentase de nuevo, erguido, frente a ella. Me dijo que me relajara, que pensara en cosas buenas. Mcgiver terminaba a esa hora y seguido pasaban El Auto Fantástico en canal 11, mi serie favorita.

Fue y volvió de su habitación con una cinta métrica de costurera en la mano. Me dijo seria que me sostuviera la punta en el medio del pecho mientras ella la extendía hacia sí levantando la cara y cerrando los ojos como en trance. Se apretó la cinta al codo derecho y volvió hacia mí midiéndola con el antebrazo y la mano extendida en dos movimientos y medio. Repitió la acción balbuceando algo que no entendía y eructando de costado, repetía con olor a huevo rancio en mi cara. Al acabar me marcó una cruz en la frente con el pulgar y dijo amén. Antes de despedirme me dio la bolsa verde con las ciruelas y una ristra de caramelos cristal que me dijo podía comer al día siguiente.

Vi el capítulo de El Auto Fantástico, me tomé una sopa de mierda para la cena y temprano mi madre me mandó a que me bañase y me pusiera el pijama y me fuese a dormir antes de las diez. Me sentía más aliviado, pero de repente mis tripas se revolvieron y me volvió algo de sopa agria a la boca, me levanté y atravesé el comedor de una carrera hasta el baño para vomitar, mi madre angustiada fue tras de mí. Mi viejo veía el programa de Mario Sapag comiéndose una milanga que sobró del mediodía sin decir nada, ni se movió, ni tampoco preguntó cómo me encontraba cuando mi madre me trajo a sentarme con ella en el sofá con mi cabeza en su regazo. Dejó caer los cubiertos sobre el plato al acabar, bebió algo de su vino de damajuana tragando como un batracio gordo, se levantó pesadamente inclinado por la buzarda y la hernia de disco y ni dijo buenas noches.

Esa noche fue terrible, tuve sueños espantosos y febriles que aún pasados varios años todavía guardo en mi psiquis dormida y más retorcida. Mi madre estuvo al lado mío toda la noche, ni había pegado ojo. Cuando se levantó mi viejo para ir a la fábrica. le dijo que me llevaría al pediatra de urgencias. A él le pareció bien. Terminó de desayunar el mate cocido con tostadas, se puso un pantalón corto y una camisa de manga corta y se fue a laburar con la primera luz del día sin decir hasta luego.

En la sala de espera por el turno con el médico me dieron unos escalofríos de lo más violentos, el flequillo lo tenía empapado por el sudor, me castañeteaban los dientes y me silbaban los bronquios al respirar. El doctor abrió la puerta con un cigarrillo en los dedos y con voz fuerte citó de una lista al siguiente. Se levantó una gorda con un culo inmenso que arrastraba a un guacho moquiento lleno de costras en la cara. Fidel Castro se llamaba el pibe. Salieron a los 15 minutos. Sarampión. Todas las madres levantaban las cabezas de musarañas para oír su apellido. “Álvarez. Cristian Álvarez.” De un tirón mi madre me llevó dentro. El medico nos esperaba sentado en su escritorio repasando unos papeles, echando el humo del cigarrillo y las cenizas en un cenicero grande de cristal. Nos invitó a sentarnos y que le contásemos que sucedía. Por los síntomas sí que era una grave indigestión. Me recetó unos antiespasmódicos y unos anti-gases y le recomendó a mi vieja que me diese de comer sano y variado, no tanta fritanga ni dulces artificiales, y que hiciera un poco de ejercicio, que me vendría bien. Ella le aseguró que lo haría, y para el mediodía me preparó pasta hervida con aceite y compota de manzana de postre; también me compró 7 Up, que me la bebí tibia y sin gas como también le había dicho el doctor que me la diese para comer y para tomarme las pastillas. Me sentía mucho mejor y más deshinchado, la fiebre me había menguado y el intenso calor húmedo de enero no me estaba afectando tanto. Vimos juntos el programa de Lucho Avilés y un capítulo de la novela de Grecia Colmenares. Me dijo que durmiese un poco de siesta y se fue al jardín del frente para plantar un tallo de rosa en la cantera.

En la quietud de las tres de la tarde me quedé dormido con el ventilador de pie apuntándome a la cara y las persianas bajas. Me desperté de golpe y estaba muy oscuro. Por debajo de la puerta de mi pieza venía el sonido de lo que pasaba en el comedor: la tele puesta con el programa de Susana Giménez a todo volumen.

Estaba todo sudado y tenía escalofríos. A tientas me levanté y abrí la puerta empleando una fuerza que me pareció sobrehumana. Vi a mi madre planchando la ropa sobre la mesa. Mi viejo no había regresado todavía. Por detrás me acerqué y ella dio un respingo electrizado del susto que le di. Estaba pálido y ojeroso, con las pupilas muy dilatadas y vidriosas, los cachetes de la cara me colgaban inertes de la boca abierta y seca, la lengua la tenía agria y de un color blanco espeso, la piel de mi torso desnudo transparentaba las venas azuladas por alrededor de mi ombligo estirado y por debajo de mis estriadas tetillas de gordito. Horrorizada empezó a llorar y a gritar, apagó la plancha y me recostó de nuevo sobre el sofá, me puso paños de agua y vinagre en la frente por un rato. No me bajaba la fiebre; me vistió y me llevó a lo de mi madrina, eran las nueve de la noche y extrañamente mi padre aún no había regresado del trabajo.

Al abrir la puerta del chalet para recibirnos y ver en qué condiciones me encontraba, mi madrina consideró emplear otro método para curarme bien del todo. Era un método infalible para curar el empacho que ella recordaba tener escrito en un libro negro que guardaba en uno de los cajones del aparador de su comedor. Le dijo a mi madre que tomaría algo de tiempo la preparación previa, que debía improvisar un altar con algunas imágenes que tenía en su pieza y que necesitaba de su ayuda para prepararlo todo con urgencia. Cuando estuvo listo vinieron por mí y me agarraron por las extremidades. Mi cuerpo flojo y fofo les pesaba mucho para llevarme, yo apenas respiraba medio muerto. Me dejaron desnudo sobre la cama, inflado como un hule listo para explotar, y prendieron apresuradamente las velas de todos los santos que me rodeaban. Encendieron un largo incienso y mi madrina le pidió a mi madre que le escribiese mi nombre en un papel. Se arrodilló a mis pies y le dijo que ella hiciera lo mismo, que repitiese lo que iba a decir a continuación y que confiase. Estuvieron un buen rato diciendo algo como en árabe hasta que abrí un ojo. La espalda la tenía húmeda de encharcado sudor, la frente fría, moví la boca para cerrarla y me di cuenta de que estaba desnudo en la pieza de mi madrina. En una pared tenía algunos cuadros colgados con fotos viejas en blanco y negro de gente joven con apariencia infeliz, algunos grabados de calvarios sangrientos y de santones flagelados y tristes, y una lámina con un niño lloroso que me miraba de frente. Me largué a llorar. Mi madre saltó a consolarme con lágrimas en los ojos, acariciándome la cara y repitiéndome que me quería y lo mucho que la ha1bía asustado. Cuando me tranquilicé me vistió y apagaron todo el altar que habían improvisado y nos fuimos.

Le dio a la luz del comedor y estaba todo tal cual lo había dejado antes, ni señales de mi padre, encendió el calefón y me acompañó al baño para ayudarme en la ducha, me fregó el cuerpo con la esponja y detrás de las orejas como lo hacía cuando era yo más pequeño. Me puso debajo del chorro del agua y se rió de mis pataletas y mis cosquillas como lo hacía en los buenos tiempos. Salpicándole la cara y la ropa me sacó de la bañera, me secó los rulos con mi toallón de Roger Rabbit y me dio un tierno beso en la coronilla. Me preguntó si tenía hambre. Por supuesto dije que sí, que esperaba me hiciese un buen plato de papas fritas con huevo frito pero me dijo que no me hiciera ilusiones, que a partir de ese mismo instante comenzaría a ponerme en vereda con respecto a la comida y que me iba a anotar en una escuela de tae-kwon-do para que empezase a relacionarme con chicos de mi edad y para que se despertase en mí algún espíritu de mínimo esfuerzo y de superación. Para ella también iba a ser un reto, iba a costarle mucho despegarme de la tele y hacerme comer una lechuga, y aparte estaba muy mal criado y era un desastre en la escuela. Se dio cuenta que debía ponerme freno, sus intenciones eran buenas y también le hicieron reflexionar acerca de la relación que mantenía con mi padre. Hablaría con él en la cama esa misma noche, le diría que lo amaba y que quería darse otra oportunidad con él y harían el amor sin hacer mucho ruido para que no me despertase.

Eran las once de la noche y mi padre no aparecía. El teléfono no sonaba. De la heladera sacó la bolsa de ciruelas que le mandó mi madrina de su planta,. Lavó unas cuantas en el fregadero y me las trajo. Encaprichado pataleé bastante y casi se cae el vaso de 7up al suelo. Se sentó a mi lado y sin mucho interés me dijo que comiera las ciruelas o no comería nada, y que si no comía, al día siguiente habría ciruelas, así que era mi decisión. Sonaba muy convincente, pero aun así me agarré un berrinche que me duró como media hora. Ella se mantuvo en su postura todo el tiempo. En otra ocasión ya me habría hecho la comida que yo quería sin muchos remilgos y me hubiese dejado comer lo que quisiera. No me estaba gustando mi nueva madre y quería ver a mi abuela a los gritos, que comprendería y complacería todos mis caprichos como lo hacen todas las abuelas a sus adorados nietos.

Las ciruelas seguían ahí en el plato, doradas y tersas, mi madre agarró una y me la peló, me la alcanzó con la mano enchastrada de zumo al plato, me dijo que comiese y que tuviera cuidado con el carozo. Yo gritaba como un cerdo que no y que tampoco iría a tae-kwon-do y que pusiera la tele. Ella dijo que si no comía las ciruelas no había tele y estuve un buen rato pataleando, más o menos hasta las doce de la noche, me cansé y me ganó. Moqueando y con los ojos rojos, agarré la ciruela que me había pelado y me la mandé con asco a la boca. Era muy dulce y jugosa por sorpresa, mi madre siempre le había elogiado las ciruelas a mi madrina, su planta era tan tupida y cargada de fruta en enero que se dedicaba a regalarle las muchas que le sobraban a los vecinos. Eran famosas en el barrio las ciruelas de Doña Irene la curandera.

En eso apareció el viejo, el pelo enmarañado y con la vista perdida, mi madre le preguntó dónde había estado y él contestó gruñendo que no tenía idea, que había salido de la fábrica a las 6 y había tomado el colectivo y que no recordaba nada salvo que se había encontrado con mi madrina en la parada de la ruta y le había dicho que Lobo se había muerto y que necesitaba que le diese una mano para enterrarlo al día siguiente en el jardín del fondo del chalet. Mordí la ciruela hasta el carozo y le chupé el resto de la jugosa carne mientras mi madre le besaba la frente a mi padre. Escupí el hueso limpio sobre el plato, era blanco, ceniciento y alargado, parecía un colmillo. Era un colmillo.

Ilustración: Chubby cat, Igor Tikhonov

 

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Sobre cristian bertolo

cristian bertoloCristian Bertolo (Merlo, Provincia de Buenos Aires, Argentina, 1979), aspirante a cocinero, a fotógrafo de guerra y a estrella de rock. Vive en Barcelona, donde cree que algún día podrá escribir un libro. Como todos. Mientras tanto gestiona el blog http://radiomotherfucker.blogspot.com aportando algo de su creativa con ilustraciones y pequeños relatos antisociales o surreales de carácter existencialista. Buen chico.

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