Bajo sombra no he nacido, Alexandra Perdomo

 

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Aún no me acostumbro del todo a estos amaneceres, porque guardo intacto el recuerdo de los días calurosos, del sol colándose con molestia entre las cortinas, de los rayos dándome en la cara. Recuerdo claramente que a las 6 de la mañana el carro del vecino del 2-D me despertaba con el estrepitoso arranque del motor.

Mis días empezaban con la primera visión de la sábana cubriéndome el rostro. El aire acondicionado siempre en 16 °C, para poder sentir un ambiente medianamente frío. Cuando finalmente me ganaba el sentido de la responsabilidad y salía del cuarto, mamá en la cocina ya sudaba a chorros mientras terminaba el desayuno. Bañarse era el ritual de no saber si al salir de la ducha las gotas que corrían aún eran de agua o si eran de sudor.

El clima de mi ciudad influye en todas las cosas. La grama no es tan verde, la gente sonríe poco cuando está en la calle, los vendedores ambulantes usan gorras por norma, los conductores del transporte público usan en sus brazos trazos de franelas viejas para cubrirse de la inclemencia del sol. El señor que vende frutas en la esquina es muy gordo y siempre tiene mucho calor. Todos los días, mientras esperaba el carro por puesto para ir a la universidad, lo veía comiendo pastelitos fritos.

Las mujeres, en mi ciudad, solemos andar con una botella de perfume en el bolso. Es que es imposible salir olorosa y llegar al destino de la misma forma. El olor a gasolina dentro de los vehículos se adhiere con inmediatez al cuerpo (regular, incluso, en los taxis). También llevamos paraguas, porque aunque casi nunca llueve, el miedo a sufrir enfermedades de la piel, a causa de la constante exposición al sol, es invasivo.

Normalmente la gente de mi ciudad no camina. Por más corta que sea la distancia, es más inllevable el calor. Para todo tomamos un carro o bus, por eso siempre tenemos sencillo ―el conductor del transporte se molesta si uno le paga con billetes “grandes”―.

Las comidas son un espectáculo. Lo primero es encontrar un sitio fresco para comer. Claro, el sitio estará colmado de gente esperando que la gente que está comiendo desocupe una mesa. La sopa casi no se vende. Tampoco la comida saludable. Si hay algo frito en el menú, será lo primero que se agote. Puede haber papelón, té natural o jugos, pero el refresco es el que ganará espacio por unanimidad. En mi ciudad las personas casi no toman agua, porque creen que la Coca-Cola quita más la sed.

Aunque el calor nos haga ir apresurados ―desesperados por llegar a un sitio donde haga menos calor― y hasta malhumorados, siempre hay una carcajada en la calle que revienta el silencio y contagia un tanto de alegría. En mi tierra nos quejamos todos los días del calor y del sol, pero hay algo dentro de nosotros que nos hace sentirnos felices de poder estar ahí.

Todo allá es un chiste, una burla, un hacer el día con las tristezas o desgracias para sobrellevar mejor las cosas. Hacemos reír hasta al más serio y somos capaces de hacer molestar al más relajado. Nuestro sentido del humor puede llegar a ser tan pesado como el sol que nos cubre.

Los atardeceres son un milagro. El sol cae y los árboles son capaces de mover sus ramas a causa de la brisa que nos introduce a la noche. Los abrazos en mi ciudad son más cálidos que en cualquier otro lado ― sin metáforas.

El resto del país cree que peleamos, porque hablamos un poquito más duro que ellos. Tampoco es tanto. Tenemos un dialecto distinto, un acento diferente, conjugamos verbos inventados de maneras que solamente nosotros entendemos.

Maracaibo debe ser la ciudad más calurosa, soleada y acogedora de Venezuela.

Ahora no puedo quejarme de mis despertares.

A diario duermo con las ventanas abiertas, sin aire acondicionado ni ventilador. Los primeros rayos del sol se acompañan con el colorido cantar de los guacamayos que se posan en el árbol de la casa del frente. Despierto abrazada al amor. Cada amanecer, en Caracas, es lento, moderado, paciente.

Cuando salgo a la calle, aunque hay mucha gente, nadie suda, tampoco se apresuran por llegar para cubrirse del sol. Las personas aquí viven apuradas por otras razones, pero siempre tienen tiempo para regresar los buenos días.

La cultura recorre todas las calles. He podido almorzar, con tranquilidad, sentada en una plaza, a pleno mediodía. El Ávila siempre al norte.

Hay ciertos días en los que despierto extrañando el rayo de sol en la cara, el rostro de mamá, agobiada por el calor, el respirar del malhumor, los gritos indescifrables, el lago, el puente, mi ciudad de origen.

Ilustración: Only she, de Lazy Girl

 

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Sobre alexandra perdomo

alexandra perdomoAlexandra Perdomo. Nació en Maracaibo, Venezuela (1991), pero entrada a los veintes prefirió la agitada y cultural felicidad de Caracas para vivir. Egresada en Comunicación Social por la UNICA. Profesora, ensayista y poeta. Ha colaborado en revistas tanto virtuales como impresas. Es adicta a los cuadernos de notas, y en todos escribe cosas diferentes. Es lóbrega, mamífera y se peina. Tiene por costumbre hacer suyas las historia de otros.

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