El número jamás marcado, por Wilmer Mejía

Christian Schloe


1

Al borde de la desesperación, Guillermo, fue a hablar con el profesor de Historia. Esperaba que se apiadase de él y que entendiera su situación. Era el último año en el colegio y no podía darse el lujo de desaprobar ningún curso. Después de una larga conversación, el profesor le dio una última oportunidad. Tenía que hacer un informe acerca de la exposición de las culturas del antiguo Perú del Museo de la Nación.
¿Todas? – preguntó Guillermo, algo mortificado.
TODAS –Respondió el profesor.

Así su destino estaba marcado. Frustrado veía como se le iban de las manos aquellos planes para el fin de semana que ya había programado con sus amigos. Gerardo y Ernesto estarían el sábado en Larco Mar con sus skates mientras que él tendría que pasarse el día entre ceramios y maquetas.

 

– Todas esas cosas ya pasaron, no entiendo que importancia tienen, yo voy a estudiar Administración de Empresas, no tengo necesidad de saber estas cosas, ¿De que me sirve? además yo no tengo ninguna relación con los que hicieron todo esto, mis antepasados llegaron después. -Se decía mientras escribía en su cuaderno una descripción del Señor de los Báculos-. Empezó a recordar la historia que le contó su padre acerca de cómo su tatarabuelo llegó al puerto del Callao hace más de cien años desde el Piamonte en Italia, de las peripecias de su abuelo materno que llegó desde Yugoslavia después de la II Guerra Mundial.


Un bullicio tremendo estremeció la sala interrumpido casi inmediatamente por un sonoro shhhhhhh. Era un grupo de escolares que llegaba. Alborotadores y gritones empezaron a formar y hacer cola. Guillermo los miró con indiferencia, para él, simplemente era un grupo de chicos de algún distrito de los conos de Lima, distritos los cuales él nunca ha conocido pero si había escuchado en los noticiarios o de la boca de alguna de sus empleadas.

Inmerso dentro de sus propios pensamientos alguien de ese grupo llamó poderosamente su atención, era una chica…

 

3

Paola, siempre se caracterizó por ser resuelta y decidida. Nunca tuvo enamorados dentro del colegio siempre los encontraba fuera. Sentía, en parte, que ninguno de los chicos de su salón y en general del colegio tuviera la energía suficiente. Invariablemente los veía algo acomplejados, en realidad, ella era muy democrática, que si bien es cierto sentía una especial atracción por los chicos blancos y altos siempre dejó la opción a que cualquier chico la pudiera conquistar. Mientras iba creciendo se daba cuenta que era atrayente para los varones, pero que a la vez estos no se atrevían a acercarse con tanta confianza como si lo hacían con sus amigas. Era como si algo los intimidara, y es que Paola, siempre tuvo un carácter especial. Sus padres siempre le enseñaron a que debía estar orgullosa de quien era y de donde provenía. Esto daba la impresión que era una chica con carácter fuerte, segura de sí misma lo cual combinados con sus rasgos físicos proyectaba cierto aire de inaccesibilidad aunque no de arrogancia ni pedantería.
– ¿Tú eres de San Juan de Lurigancho? No parece.
Le decían cada cierto tiempo. Estaba harta de ver las caras de sorpresa que ponía la gente cuando mencionaba su lugar de residencia. Pero no le importaba… al menos no totalmente. En realidad sentía una pequeña incomodidad cuando le decían eso, era como si no llenara las expectativas de la gente.

 

4

Gran parte de los chicos no tomaba ningún interés a lo que el profesor decía, miraban con cierta curiosidad y hacían algunas observaciones respecto a ciertas características de los objetos vistos pero eso era todo. La gran mayoría de ellos no veía la conexión que existía entre la gente que hizo esos materiales y ellos, es mas ni siquiera se la planteaban. Todos esos nombres les sonaban conocidos pero lejanos: Caral, Chavín, Nazca., Wari, Chimú… sin embargo alguno que otro recordaba los huacos que había encontrado cuando iniciaron la construcción de su casa o en sus viaje a la sierra a visitar a su familia. Paola se encontraba entre ellos, también había visto cosas similares en los viajes que había realizado a Celendín, con su madre, cuando iba de visita a la casa de sus abuelos. Siempre tuvo curiosidad de saber sus orígenes pero sus abuelos no le podían dar mayor referencia simplemente no lo sabían. Más allá de su bisabuela de ojos zarcos todo se perdía en la arena del tiempo. Algunas veces ella imaginaba que sus ancestros habrían llegado desde algún punto de Europa tantos años atrás que ya nadie lo recordaba, si de Europa ¿de donde mas podría provenir? ¿De España? lo más probable. Pero también tenia ancestros indígenas, su padre que también era de Cajamarca pero de la provincia de Bambamarca le contó que su abuela era cholita y bajita- según sus propias palabras- . Tal vez descendiente de los Caxamalcas, los netos del lugar, según decía su padre en un arranque de nacionalismo.
– Disculpa, ¿pero puedes decirme la hora? – Escucha ella- Era la voz de un chico la que interrumpe sus pensamientos.


5

Guillermo y Paola están sumergidos en una conversación. Había una atracción mutua, la conversación no dura mucho tiempo, pues es hora que Paola regrese con su grupo. Guillermo le pide su número telefónico y su correo electrónico y ella se los da.
-¿Participas en alguna ONG?, Pregunta él
-No, en ninguna. Son mis compañeros del colegio- responde ella-

-¿Dónde vives?
– San Juan de Lurigancho.- le responde sin miramientos. Paola sintió la misma incomodidad de siempre. Le dieron ganas de decir ¿Qué tiene que ver que viva en San Juan de Lurigancho? Pero calló. Se despidieron ella volvió con su grupo y él a la monotonía de anotar líneas sin sentido.

 

 

6

Ya en casa Guillermo terminaba de escribir la última hoja de su informe. Enciende el televisor empieza a cambiar de canal. No encuentra nada interesante. Va hacia la ventana .Desde el 5to piso de aquel edificio de apartamentos en Miraflores escucha los ruidos de la ciudad y observa las hileras de autos que parecen dirigirse hacia el sol rojizo y decadente que va cayendo. Se acuerda de Paola. Mira hacia donde el cree que está el distrito que le dijo. Empezó a imaginarse un lugar peligroso, un lugar el cual jamás podría ir, al menos no solo. Recordó que para la navidad del año pasado algunos de los juguetes que fueron donados a la parroquia donde hizo su confirmación fueron donados a los niños pobres de San Juan de Lurigancho. Fue hacia su escritorio sacó el papelito donde había anotado su correo electrónico y su teléfono. Los miró por un rato. Cerró la palma de su mano hizo una pequeña bola con el papelito y lo arrojó al tacho de basura. No fue un buen tiro. Allí quedaron botados en el frío suelo la dirección electrónica y el número jamás marcado.

Ilustración: Christian Schloe

 

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Wilmer Mejía Carrión

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