En la casa de Avenida Ossandón 60 no había agua potable y tomábamos baños al interior de un estanque azul plástico, a cuyo olor, con los años, me volví deliciosamente adicto. A eso y al cuero gastado de los asientos de los colectivos.

Un baño inservible hacía las veces de bodega, un anafre hacía las veces de cocina y la caja de cartón del refrigerador del vecino las veces de juguete.

Fuimos tres hermanos, de un total de seis, los que alcanzamos a conocer ese lugar, donde armábamos fiestas con chatarra, comíamos nísperos encaramados en el árbol y, solo cuando los papás dormían, cruzábamos al terreno de los Collao, los vecinos del fondo, a través de un agujero en el muro.

Casa vieja. Patio enorme y construcciones a medio comenzar o medio terminar.

Los Collao tenían dos hijos: un niño y una niña. Años después descubrí que la niña usaba otro nombre y bailaba en un programa juvenil.

Y como tampoco puedes hacer milagros con leña y latones, los juegos terminaban temprano y luego solo quedaba sentarse a mirar cómo mamá cosía algo o tejía o lavaba o enceraba.

Cuando tenía tiempo entre labores o terminando el día, la mamá me enseñaba a leer. Tomaba ejemplares de El Fortín Mapocho que compraba el papá y repasaba los titulares lentamente, poniendo el índice izquierdo sobre cada letra y enfatizando las eses y las efes.

Yo asentía. Tenía buena memoria. Repetía lo que ella decía cuando era mi turno de seguir el dedo.

Aprendí a fingir temprano. Nunca supe realmente cuándo comencé a leer de verdad.

Algunos días de la semana aparecía el tío Antonio. El papá —su hermano— le ofrecía dormir en alguno de los cuartuchos de postguerra y la mamá tiraba dos jarros de agua extra a la sopa. A veces, un trozo más de zapallo.

Era lo mínimo que se podía hacer por un tipo que había perdido el derecho a terminar cuarto básico simplemente por ser el primero de diez hermanos. Aprende a cargar cajas, aprende a cortar pasto. Aprende el oficio de ayudante de tornero. Incluso, si quieres, aprende a robar.

Papá fue el décimo y tuvo el arrojo de comenzar dos carreras y no terminar ninguna. Darle un colchón de vez en cuando era el modo más sencillo de decir “lo siento por todo”. El tío agradecía moviendo y apilando algo de los escombros del patio, de derecha a izquierda o viceversa.

Como muchas veces, ese día nos tocó almorzar solos.
—Deja eso, no se ve el diario cuando se come —me dijo bruscamente mientras agitaba el salero sobre el plato y sorbía la sopa caliente. A los cuatro años yo no tenía idea sobre las convenciones sociales del estilo “no pongas los codos en tú-sabes-dónde” o “no leas mientras comes”. No era interés de mis padres enseñarlas.
—Mi mamá me deja leer cuando estoy en la mesa.
—¿Leer? Tú no sabes leer. Y tus papás no están, así que mejor me haces caso. El tío Antonio no tenía un rostro de pocos amigos.
De hecho, sus credenciales eran las de un tipo humilde, afable e inofensivo. Pero durante esos momentos a solas yo podía, quizá por algunos minutos, mirar bajo esa pila de frases de catálogo de las que se deshacía para almorzar, como apartándose el saco que lo acompañaba en la pobreza, abandonándose al resentimiento.

Verlo comer solo era como verlo comer desnudo: se asomaban las cicatrices.
Yo no hice caso y seguí pasando mi dedo sobre los titulares y balbuceando quizá qué cosa. El plato se enfriaba. Me detuve en seco cuando el tío Antonio azotó su palma derecha contra la mesa, haciendo saltar como pulgas las migas de pan.
—¿Y qué sacas con leer? ¿Qué te crees? Los diarios son para la gente grande.
Seguí con el almuerzo mientras, con una de las manos, repasaba los titulares, rozando el papel con mis dedos, ya sin mirarlo, como leyendo en braille. Sabía que eso lo irritaría. Sabía que él estaba poniendo atención. Me arrebató el diario y lo lanzó con fuerza sobre mi cabeza y contra el muro, repitiendo la palmada contra la mesa.
—Yo soy grande —murmuré. Seguí deslizando mis yemas contra los surcos de la mesa hasta que me detuvo, aplastando mi mano con la suya.
—Tú eres un pendejo.
—Tú no sabes leer —alcancé a responder antes de que me cruzara el rostro con una bofetada que me botó al suelo. Allí estaba: desnudo el hombre. Me giré para volver a ver sus ojos—. Tú no sabes leer —repetí, aguantando las ganas de llorar.

—¡Cállate, mierda!
Dejé ver una mueca de desprecio y salí corriendo de la cocina en dirección a la habitación del fondo.
—¡Tú no sabes leer! —grité bajo el dintel, con una mezcla de llanto y burla, antes de cerrar con un portazo y asegurar con el gancho, nervioso y tiritando. Lo escuché tirar la silla al levantarse. Escuché sus pasos decididos.
Sentí el sonido de la madera muy cerca. No sabía si lo correcto era llorar o intentar huir por la ventana. Abrió la puerta con dos patadas. Voló el gancho.
—¡Dime qué dice! —gritó tomándome de un brazo y enrostrándome los titulares—. ¡A ver, dime qué dice acá!
¿Sabes leer? ¡Dime qué chucha dice! ¡Lee!

Con poca suerte intentaba zafar. Cuando no pudo seguir sujetándome desde una oreja, me agarró del cabello, tironeando con fuerza y frotándome contra el periódico.Arrodillado, yo golpeaba sus zapatos e intentaba gritar. Pisó una de mis manos. Dolía un demonio. El rostro mojado y lleno de tinta. El papel deshaciéndose a jirones.
Las manos grandes del tío. Las migas de pan en la mesa.
El agujero hacia el terreno de los Collao. Mi mano.
—¡Federici cree ser emperador!
—¿Qué?
—Federici… Federici cree ser emperador —respondí. Soltó la mano que aplastaba con su zapato derecho y pude guiar mi dedo índice sobre las cuatro enormes palabras negras, dos arriba y dos abajo.
—Federici cree. Ser emperador. ¿Ves?
El tío Antonio miró El Fortín Mapocho con extrañeza.
No entendió nada. Nunca lo haría. Salió con prisa, tomó su bolso, dos trozos de marraqueta y se fue.

Al poco tiempo abandonó la costumbre de cobrar almuerzos, arrumbar y derrumbar escombros. Pronto dejamos de verlo. Unos años después, el papá siguió sus pasos de artista del escape. Nuestra casa en Ossandón 60 dejaría la pobreza de cañerías rotas y se convertiría en “Edificio Ossandón 60: vive como tú y tu familia merecen”. Donde antes vivíamos seis, hoy viven doscientos cincuenta personas, una sobre otra, hasta el piso diecisiete.
Apostaría que esos son muchísimos niños juntando letras o fingiendo hacerlo.

Este cuento aparece en libro Hienas, de editorial Libros de Mentira, y lo puedes adquirir acá: http://librosdementira.cl/producto/hienas/

Ilustración: Graphik

pablo paz
Pablo Paz nació en Lowell, Massachusetts en 1992. El más joven de tres hermanos, asistió a la escuela católica local y recibió una beca para estudiar en la Universidad de Columbia, donde conoció a varios amigos que después alcanzarían la fama. En el segundo año de universidad abandonó todo para dedicarse a viajar y a escribir. En estos momentos reside en Santiago de Chile.