Continuación, por Juan Cartagena Madariaga

dkim

Esa mañana apenas terminó de desayunar se fue hasta el dormitorio, una vez allí, sacó desde el armario su traje de motorista y se lo calzó, parecía un personaje sacado de alguna película de ciencia ficción con aquella vestimenta tan ceñida a su cuerpo.

El día anterior había estado recordando un cuento el cual siempre retornaba a su memoria, era uno que había leído por primera vez cuando era apenas un muchacho. Ahora ya habían pasado unos cuantos años, pero cada cierto tiempo lo volvía a releer. Él sabía que el libro siempre andaba dando vueltas por algún lugar de la casa, así es que el día anterior decidió buscarlo entre los libros apilados en una antigua repisa de la salita de estar. Cuando lo halló se recostó cómodamente en el sofá y volvió a leerlo por enésima vez.

Mientras se preparaba para salir pensaba en los sueños y se preguntaba qué tan reales pudieran ser estos o si ellos podrían hacerle trasponer la línea de nuestra realidad, él deseaba saber cuánta verdad había sobre aquellos portales que decían transportarnos a dimensiones paralelas o sencillamente a otro tiempo. Era un tema que lo apasionaba. Sin embargo al momento de reflexionar en ello no hubo respuestas. Ni siquiera un remoto acercamiento, sólo fueron ideas barajándose en su mente, quizá con ello pretendió forzar una que otra conclusión para dejar una minúscula posibilidad de que todo eso fuese un poco más creíble.

Después de aquella reflexión camino hasta su moto y se montó en ella. Hizo girar la llave del contacto y enseguida se pudo escuchar un ronquido infernal, éste provocó un revolotear estrepitoso de pájaros, aquello le hizo mirar hasta el follaje cercano a la casa y sin despegar sus ojos vio como se perdían las aves tras los árboles.

El silencio monótono de esa madrugada se volvió a interrumpir cuando esta vez aceleró bruscamente mientras mantenía embragada la moto. Él ni siquiera se percató de ese silencio.

Las ruedas comenzaron a girar lentamente hasta aproximarse a la avenida principal, desde ahí debía tomar rumbo a la montaña. Era un viaje planeado desde hace días.

La pista se encontraba despejada, el viento rasguñaba el casco y se filtraba por entre las minúsculas ranuras de ventilación. Paulatinamente comenzó a aumentar la velocidad la que ni siquiera percibía si no hubiese sido por el reloj que marcaba ciento cinco kilómetros la hora. Él era un piloto avezado. A pesar de ir concentrado en la conducción sus ojos absorbían de soslayo el tupido verde que contorneaba el camino asfaltado. Un poco más adentro sobresalían accidentados relieves cubiertos de árboles, en donde el sol se filtraba por entre las hojas, traspasando finísimos hilos de luz. A esa hora los rayos ya habían sobrepasado tímidamente los picachos nevados de la montaña.

En la mica del casco se daba una mezcla de destellos azulinos y plateados que provocaban un efecto inusual en sus pupilas. Pasado algunos minutos ya podía avistar la pronunciada curva que se avecinaba a la entrada del sendero, no era la primera vez que hacía este recorrido. Así es que decidió aumentar la velocidad para que su nave se agarrarse mejor al piso, era una manera que tenía él de referirse a su moto. Varios metros más adelante alguien cruzaba corriendo la carretera. La distancia entre vehículo y peatón comenzó a disminuir rápidamente, parecía la visión de un films futurista. La situación no le dio tiempo a pensar, su primera reacción fue presionar los frenos con todas sus fuerzas. Esto lo obligó a torcer la dirección hasta que la maniobra le hizo perder el control y roncearse sobre el pavimento húmedo de aquella mañana primaveral. Las partes metálicas del vehículo se veían igual que un cuchillo afilándose a medida que se iba arrastrando, era una estela de partículas fosforescentes salpicando miles de chispas en el camino. Se soltó de la moto provocando con ello un brusco deslizamiento que terminó por expulsarle del camino y hacerle impactar contra una barrera de contención. Aquel golpe fue como pasar a través de un muro gelatinoso e invisible. Le hizo sentirse desprovisto de tiempo y espacio. Fue algo extraño, quizás una fracción imperceptible de tiempo o alguna forma de vacío que no tenía explicación. Parecía no tener sentido lo que estaba sucediendo. Pensó que todo se debió al fuerte golpe recibido en la caída. Sintió un leve ardor en la pierna, la que palpó con la punta de sus dedos que instintivamente los llevó hasta su boca, sintiendo el sabor salado de la sangre y el olor a humedad que circundaba el lugar, debido a las hojas impregnadas de barro adheridas a sus pies descalzos.

La tarde declinaba y un azul espeso se mezclaba entre las tonalidades rojizas de unas nubes alargadas que parecían delineadas por un mágico pincel, estas yacían recostadas sobre el límite del horizonte. Levantó la vista y divisó lucecitas titilando, a la distancia parecían ser las llamas de antorchas. Sintió miedo, creyó que era un sueño, sin embargo parecía demasiado real. En ese instante vio a los cazadores aproximándose hasta el templo. La luna menguante causaba sus últimos estragos y un cansancio inexplicable lo hacía jadear.

Sus ojos se abrieron dificultosamente. La luz débil y amarillenta de aquella sala lo hacía sumergirse entre el despertar y la ensoñación. Apenas logró distinguir a la mujer acercándose, ella cargaba unos utensilios que impregnaban el ambiente con olor a alcohol.

La mano de ella refregó suavemente la sangre coagulada en su frente. Cuando ya pudo visualizarla nítidamente, pudo sentirse más aliviado. En ese momento el paciente que estaba a su derecha le dijo que lo había escuchado hablar mientras dormía, pero que no llegó a entender lo que murmuraba, pues sus palabras parecían haberse apretado entre los dientes, fueron frases ininteligibles, como si hablara otro lenguaje. La enfermera escuchó atenta la conversación mientras terminaba de asearle.

En la sala había tres camas más. En ellas dos pacientes dormían, en la más cercana yacía el hombre que recién le había hablado; éste tenía aspecto de moribundo, quizá se debía a su rostro avejentado y enjuto. A él sólo lo podía mirar de reojo.

Sumergido en esa penumbra volvió a recordar aquel cuento que siempre releía, pues aún había pasajes que gatillaban en su cabeza. Se sonrío, pero aquello sólo fue un gesto de incredulidad, pensó que todo lo sucedido era producto de la espectacular caída. Sus ojos siguieron recorriendo la sala y entrevió por la ventana la luz de un farol que se filtraba escuálidamente por la antigua persiana de madera, era un tenue rayo que caía sobre la sábana de su cama. En ese instante sintió una punzada fuerte en la cabeza acompañada de un leve mareó, que poco a poco lo sumió en una especie de narcosis. Sin embargo mientras estuvo consiente su memoria aludió el final del cuento, ese que siempre deseó intervenir de alguna manera; porque a él nunca le agradó ver su protagonista sentenciado a tan despiadada muerte. Definitivamente deseaba salvarlo.

En el interior del templo las murallas rocosas estaban labradas prolijamente y el suelo de piedra laja iba helando poco a poco sus pies descalzos. Caminó sigilosamente entre la penumbra por el pasillo que conducía hasta las mazmorras, a poca distancia vislumbró una antorcha ardiendo, expelía olor a incienso con aroma aceitoso. Se acercó lo que más pudo, apenas podía distinguir al indígena que estaba atado de pies y manos con su espalda apoyada contra la pared, éste se retorcía tratando de aflojar las amarras, pero al cabo de un rato lo vio quedarse quieto, quizá debido al frío que congelaba sus articulaciones o tal vez presintió que ya venían por él y todo esfuerzo ya era inútil. Entonces trató desesperadamente de palpar con su barbilla algo en su cuello, pero en realidad ya no había nada. Toda esperanza que albergó en ello se desvaneció, debía resignarse a su suerte, ahora ya no habría un dios para salvarlo, el amuleto que colgaba de su cuello se había desprendido en la lucha, sólo quedaba esperar su turno y convertirse en la última ofrenda de la fiesta del teocalli.

Continuó vigilando confundido en la oscuridad. De pronto se oyeron voces y escuchó manipular la cerradura de la mazmorra; el prisionero trató de gritar, como si al hacerlo algo debiese ocurrir, en la desesperación pudo pensar que iba a desaparecer y que otro podría ocupar su lugar, o mejor aún, que iba a despertar de esa pesadilla. Fue en lo que se empecinó en creer el indígena, quizás como último recurso para salvarse, pero la mordaza no lo dejó gritar, sus labios se desgarraron hasta sangrar. En ese momento el miedo hizo presa de él. Abrió los ojos dificultosamente y volvió a ver la sala, esta vez totalmente oscura, su corazón palpitó aceleradamente el golpeteo en su pecho se transformó en algo doloroso e insoportable. La puerta se abrió, pero apenas podía distinguir, su visión era borrosa. – Lo escuché gritar –dijo la enfermera, sosteniendo algo en su mano. Estaba mareado y sin fuerzas, la mujer le arremangó el camisón y él pudo sentir el líquido espeso vaciándose en sus venas. Con pánico intuyó que su sueño volvería y aún no lograba desentrañar lo que estaba sucediendo, entonces vio como giraba el techo sobre él. Las manos de ellos se aferraron fuertemente a sus extremidades para alzarlo boca arriba, más delante dos acólitos iluminaban con sus teas un largo corredor de piedras, afuera se escuchaban los timbales y los gritos de la multitud. Los sacerdotes que lo alzaban lucían vistosos penachos coloridos. Peldaño a peldaño fueron ascendiendo las escalinatas con su cuerpo en andas, su cabeza colgaba hacia atrás y sus ojos se entornaban con un sesgo de pavor, observaba más allá de la oscuridad, la que sólo él podía percibir. La noche se había tapizado de estrellas, sin embargo su mirada lentamente se iba ensombreciendo. Hizo un último intento por despertar, trató de levantar sus párpados los que pesaban cada vez más. De nuevo el techo blanco de la sala estaba sobre él, extendió su brazo lo que más pudo como si tratase de alcanzar el infinito, su mano vanamente trató de aferrarse a la enfermera que ya le daba la espalda. Sus ojos se volvieron a cerrar. Ellos continuaban avanzando hasta el altar donde todo terminaría, esta vez apretó sus ojos con mucho más fuerza hasta el punto de sentir un dolor intenso; trataba de escabullirse por ese umbral invisible que lo mantenía atrapado, sin embargo aún escuchaba a la multitud. Por en una milésima de segundos creyó que podía ser un sueño. Sin embargo ahora todo olía a sangre, aquello se había vuelto un entramado complejo y sutil. Cuando vio la piedra impregnada de muerte y al sacrificador alzando el puñal sobre su pecho sudado, intuyó que era el final. Entonces asumió que todo era real y que se encontraba atrapado en el sueño. Pensó que la muerte sería lo único que podría darle la posibilidad de despertar de esta horrible pesadilla.

Este cuento está basado en “La noche boca arriba”, de Julio Cortázar.

Ilustración: The Stars Are Against Me Tonight, por dkim

 

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