Caido en combate, por Tomas Richards

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Soy lo que ahora llaman un neonazi. Aunque yo sé que sólo soy un joven idealista que no soporta ver a su nación invadida por la resaca de la humanidad. O por lo menos eso es lo que era hasta hace unos minutos, cuando mi alma abandonó el cuerpo en el campo de batalla para ascender a la gloria del Valhalla.
Ahora mi cuerpo está muerto y solo, tirado en la plaza, siendo pateado por decenas de punks subhumanos que no entienden nada. Los veo. Los veo pateando mi cuerpo como simios borrachos.
Ganaron esta batalla pero no pueden ganar la guerra. Simplemente no pueden. Son inferiores. Son débiles, aunque sean muchos. Y la victoria final está reservada a la estirpe de los fuertes. ¿Cómo podrían vencernos con toda esa carga de culpa judeo-cristiana en sus espaldas?
Nosotros, en cambio, hemos abrazado la causa de los fuertes. Ahora somos fuertes. Nuestros dioses son fuertes. Nunca podríamos caer de rodillas ante un dios crucificado. Wotan nos espera, Thor nos guía con la maza en alto para marchar sobre las cenizas de este mundo degenerado y afeminado.
Ahora me toca ver mi cuerpo tirado en la inmundicia, siendo escupido y golpeado por los simios. Desde aquí puedo ver cómo hacen fila para patearme porque me detestan tanto como yo a ellos. Mis camaradas se retiraron dejándome allí. No los culpo, no les quedó opción: ellos también sufrieron los golpes de los simios. Sé que van a volver a buscar mi cuerpo magullado, sé que van a rendirme honores de soldado.
Que quede claro: lo que pasó fue mala suerte. Ellos eran más que nosotros, y nada más.
La culpa es del judío que organiza esos recitales neomaricas justo en nuestra plaza y de la prensa comunista que los difunde. Una clara provocación.
Por suerte nos enteramos del asunto unos días antes y pudimos juntar algunas armas para defendernos. Ahí en la plaza tenemos nuestro puesto y sabíamos que esos simios anarquistas iban a venir por él. En el puesto tenemos todo: nuestros panfletos para despertar a la juventud, nuestros libros de historia y ciencia, nuestros videos de difusión del Mensaje Blanco. No nos podíamos dar el lujo de perderlo. Así que conseguimos un par de palos y navajas y ya desde la noche anterior nos ubicamos en el puesto.
Hasta el mediodía todo estuvo tranquilo. Todos estábamos ansiosos pero nos distrajimos rapando a Nelson, el nuevo camarada que se incorporó este mes. Es un chico, tendrá unos diecisiete años, pero es despierto y entiende rápido quién es quién en este juego. Lo trajo Germán; creo que es vecino suyo.
Al mediodía aparecieron los primeros drogadictos y se sentaron en el pasto. Eso en sí mismo ya era un insulto, así que les gritamos algunas cosas como para que supieran que no se la iban a llevar de arriba. Obviamente los cagones no se hicieron cargo y siguieron tomando su cerveza y fumando su marihuana.
(Ojo, nosotros tomamos cerveza; es bebida de dioses. Pero no nos drogamos. Y no soportamos que estos esclavos pretendan imitar nuestras costumbres.)
Después, a medida que el día fue avanzando, fueron llegando más alienados. Todos nos miraban con temor, pero ninguno nos devolvía uno solo de nuestros insultos. Son miedosos. Se mean encima cuando ven a alguien más fuerte. Uno de ellos pasó cerca nuestro y Germán le dijo “¡Negro de mierda!, ¿qué mirás?”, y el muy marica bajó la vista y se hizo el que no oía.
A eso de las cinco la plaza ya estaba llena de punks. Estaban muy cerca de nosotros y era desagradable. Nelson fue a comprar una cerveza al quiosco que está enfrente de la plaza, más o menos a media cuadra del puesto, y lo cagaron a puteadas. ¡Negros cagones!, nada más se animan cuando uno está solo.
Pero Germán, que es el jefe, le dijo a Nelson “Decime cuál fue”. Y Nelson dijo que habían sido muchos, no uno. Y Germán dijo “Entonces hay que elegir a uno” y agarró el bate de béisbol que teníamos en el puesto y le pegó un batazo en el estómago a un cresta que estaba pasando por ahí, y mientras el cresta se doblaba por el dolor él le gritó “¡Volá, puto, volá!”. El simio salió corriendo y Germán volvió diciendo “¿Ven?”.
Todos nos reímos para demostrar nuestra superioridad, pero creo que en realidad estábamos bastante nerviosos -nerviosos, eh; no asustados- por el combate que se avecinaba. Supongo que eso es normal. Mi carne puede tener miedo; yo, no.
El sol se fue poniendo y, más allá de lo que conté, no pasaba nada. Cuando se hizo de noche empezó el recital. La banda era Podredumbre, un grupo de subnormales que cantan contra la policía y los militares. Nosotros nos ubicamos adelante del puesto con palos y botellas para darles a entender a los drogadictos que no iban a poder con nosotros.
Pero se ve que las yerbas que fuman les habían dado valor, porque no se amedrentaron ante nosotros. Primero empezaron a putear y un par se fueron juntando ahí, frente al puesto. Después empezaron a escupir y enseguida empezaron a volar piedras y botellas hacia nosotros. Ya ven que fueron ellos los que empezaron. Eso es porque son resentidos.
Como es de suponer, nosotros salimos a defendernos. Seríamos unos diez, sin contar a la Loca, la novia de Germán. El primero en ir al frente fue el mismo Germán, que se había quedado con el bate. Se sacó la aviadora, la tiró adentro del puesto y se mandó hacia el grupo de punks. Tengo que decir que fue hermoso y estimulante verlo correr hacia esos judíos con sus tiradores ajustados y sus botas bien lustradas blandiendo en el aire el bate. Creo que ellos no lo esperaban, porque ninguno llegó a cubrirse de los golpes de Germán. Al primero le dio de lleno en la cabeza. La cresta roñosa se le dobló como un sorete blando y enseguida le brotó la sangre. Al segundo le dio en el costado de la cara y lo tiró al piso como a la basura que era. Yo vi que un punki iba a pegarle un botellazo en la cabeza y me lancé al ataque. Tenía un palo en la mano pero no lo usé. Tomé carrera y salté en el aire, pegándole tal patada voladora en el pecho con mis borcegos que creo que debe haberle dado un paro cardíaco. No tuve tiempo de ver, porque enseguida se me puso enfrente un punki flaquito con un cinturón en la mano. Yo lo miré a los ojos y vi que estaba dado vuelta, así que le pegué un palazo en la cabeza y lo dejé tirado, al marica.
No supe cuándo entraron los demás en la batahola, pero ahí estábamos todos, como camaradas, combatiendo contra esos mutantes que eran la encarnación de la debilidad judeo-cristiana. Creo que solamente la Loca había quedado en el puesto.
Fue emocionante. La adrenalina había reemplazado a la sangre en mis venas y sentí que era invencible. Además, en aquel momento sentí de manera cabal que formaba real parte del bando de los fuertes. Era un digno guerrero de Thor.
Y mis camaradas también. Vi a Nelson, el pibe nuevo, clavarle un pico de botella en la espalda a un negrito leninista. Vi a Germán repartir golpes de bate a diestra y siniestra como un dios de la guerra. Vi a las botas arias patear cabezas y a las cabezas rapadas resistir golpes de cadena como si fueran nada.
Pero como ya dije antes: nosotros éramos muchos menos. Si se ve objetivamente, era imposible que ganáramos la batalla, aunque sabíamos que eso no importaba. Todavía no sé bien cómo, pero de repente me encontré tambaleando. Me miré el estómago y tenía un tajo rojo, la remera y la aviadora se me iban llenando de sangre. Un punki sucio me había clavado una punta y ahora huía como rata. Alguien me pegó en la nuca y caí al piso. Por entre las piernas de mis enemigos vi caer a algunos camaradas. A la Loca le estaban pegando patadas allá en el puesto y se estaban robando todas las cosas. Otros camaradas trataban de escapar. No alcanzaba a ver a Germán. Creo que me desmayé.
Cuando desperté me habían quitado la campera aviadora. Mi sangre se iba esparciendo sobre las baldosas de la plaza. Los simios me escupían, me pateaban, me pisaban. Una zapatilla pateó mi cara. Después sentí un golpe en la cabeza y vi un gran destello, como una explosión de luz. Había muerto.
Ahora mi alma espera a su valkiria para irse cabalgando al Valhalla. Esta noche probaré el hidromiel junto a Wotan. Pero antes me detengo, como suspendido en el aire y en el tiempo, y veo a los simios pateando mi cuerpo. Un miserable trofeo para ellos, que no entienden de honor. No me arrepiento de haber combatido a la subhumanidad judeo-marxista hasta la muerte. Cuando arda este mundo corrompido y resuene sobre la tierra el paso firme y marcial de las botas arias, mi nombre estará como un jubiloso grito de guerra en las bocas de mis camaradas.

ilustración: Here come the tears, but like always I let them go, por Lea Woodpecker.

 

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Sobre tomas richards

tomas richardsTomás Richards (1983; Bs. As., Argentina). @TVRichards. Estudió Letras en la Universidad de Bs. As. Publicó cuentos en revistas y antologías. Mantiene junto a otros el blog esperandoloschumbos.blogspot.com.

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