El blanco del cerezo, por Michel Deb

Kali Ciesemier

La primavera estaba por llegar, los días eran largos y calurosos, los animales se veían frecuentemente, el frío se alejaba permitiendo a los árboles mostrar sus flores, el olor en el aire era diferente, en esta parte del planeta la vida era bella y sencilla.

Koji aún no podía creerlo, aún se preguntaba qué tenía de especial, qué lo hizo diferente de los millones de postulantes que llenaron los mismos formularios que él. ¿Qué marcó la diferencia? Tal vez sus altas calificaciones en la academia o el hecho de ser nieto de un héroe, pues su abuelo había sido famoso años atrás, en la guerra de los continentes, cuando los dos imperios se disputaban un yermo y desolado lugar que contenía grandes reservas de Geoplasma; una sustancia líquida de color negro de origen mineral que impulsó la tecnología en los últimos cincuenta años de la guerra. Las máquinas ya no solo corrían o volaban por los cielos, próximamente irían al espacio, en dirección a una de las dos grandes lunas que su planeta tenía, Tanos. Koji no podía creer que él fuera el elegido para tal hazaña. Su nombre sería incluido en la historia, su figura iba a ser recordada por décadas; se sentía como los guerreros con sus ansias de inmortalidad, lo cual le asustaba sobremanera. No se sentía capaz de hacerlo, pero la responsabilidad era enorme y no deshonraría a su familia.

El entrenamiento en estos meses había sido arduo; nunca imaginó que, ser el primer hombre en ir al espacio sería tan difícil. Comenzando por el acoso de la prensa, ya que su vida perdió toda privacidad. Lo que más lamentaba de eso era que se había visto afectada su relación con Mara, la mujer que conoció el otoño pasado caminando por el parque y pisando las hojas, como tanto le gustaba. Se toparon de pronto en el mismo sendero, y desde ese día no se volvieron a separar hasta que salió elegido. Desde hacía tres se- manas no había podido verla y estaba un tanto nervioso. Como el lanzamiento era en algunos días, todo el mundo estaba pendiente de él, y fue difícil que le dieran permiso para visitar a su familia. Quería ver a sus padres y hermanos, pero lo más importante era poder verla a ella y sus hermosos ojos negros.

Dos militares lo acompañaban en todo momento para evitar que algo le sucediera; hoy sentía más temor de hablar con ella que de la misión que lo esperaba. Al llegar a su casa, se quedó mirando el pequeño jardín de flores y la cerca de madera. El sonido de la campanilla se esparció por el ambiente. A los segundos la puerta circular se abrió y Mara asomó su cara para ver quién estaba en la entrada. Al observar a Koji su mirada y todo alrededor se iluminó, creando una hermosa sonrisa. Conversaron durante horas, después de que les pidió a los soldados que se quedaran fuera para tener algo de intimidad. Al llegar la noche, en el umbral de la puerta se cruzaron en un enorme abrazo, de esos que sólo el amor puede entregar. Ya tendrían todo el tiempo del mundo cuando regresara, sólo quedaba esperar.

Los soldados tenían órdenes de regresar al anochecer a las nuevas instalaciones de la Fuerza Aéreo Espacial Imperial. Faltaban muy pocos días para el lanzamiento y las medidas de seguridad eran extremas. Por la ventana de su habitación podía ver el cohete que lo llevaría a Tanos. Una máquina gigantesca del modelo Titán, iluminada en medio del complejo para que todos pudieran verlo, como un gigante dormido esperando la hora de despertar y descargar su ira. Sometido a exhaustivos análisis a cada minuto, para que todo estuviera perfecto y nada fallara, en tres días sería lanzado junto con Koji y los dos cambiarían para siempre la historia.

Ya era el día esperado. El traje espacial de Koji, de un color rojo cobrizo, representaba la unión de los tres continentes, o por lo menos eso fue lo que dijo el emperador en la transmisión oficial que se vio y oyó en el planeta. Además, señaló lo importante que implicaba en términos tecnológicos y sociales. Lo llevaron a la plataforma de lanzamiento en un vehículo pomposo con mucha seguridad. Todos estaban nerviosos y felices; por la ventanilla se podía ver el cohete cada vez más grande y que hoy particularmente era gigantesco, mucho más que en las pruebas de cabina. El trayecto del ascensor fue interminable, mientras dos técnicos lo acompañaban y le daban las últimas instrucciones. Al entrar al módulo y acomodarse en el asiento, pudo ver el cielo azul por las pequeñas ventanillas. En un momento de lucidez, se dio cuenta de que todo el planeta en ese momento estaba viéndolo a él y la enorme hazaña que estaba a punto de realizar. Era el hombre más importante del mundo en el presente, y, tal vez, de toda la historia.

Las instrucciones y noticias que le llegaban por radio eran alentadoras; los sistemas estaban en orden y la luz verde para el lanzamiento se encendió. La hora había llegado.

—T menos diez segundos y contando… nueve… seis… tres… despegue… —el poder de empuje y la aceleración pegaron a Koji al asiento; el ruido era ensordecedor. Nadie entendía la fuerza requerida para hacer despegar semejante estructura. Mientras, Mara y el planeta observaban cómo el cohete se elevaba al espacio, dejando tras de sí una estela de humo que quedó suspendida mágicamente en el aire. El color del cielo comenzó a cambiar, en tanto observaba por una de las ventanillas, un tono oscuro a cada segundo. Lo que más lo impresionaba era la creciente curvatura del planeta, contrastando con el negro del espacio. Por primera vez en la historia de su mundo un ser podía observar los tres enormes continentes, y sentirse como parte de un todo, grande y pequeño a la vez. Sólo deseaba que ella pudiera ver a través de sus ojos, porque ella era su mundo.

Una luz roja junto con una incesante alarma le dijeron que algo no estaba bien. Un cambio brusco en el ángulo le permitió ver los enormes océanos y las blancas nubes… Fue lo último que alcanzó a ver mientras su vida se consumía en una gran explosión. Nadie esperaba eso; un silencio cayó en todos los rincones del globo. Mara observaba por la ventana. Mientras sus manos temblaban y caían las lágrimas por su cara, miraba el cerezo que se cubría de blanco. Sería la última primavera que ella vería, ya que su vida se había esfumado y perdido minutos atrás.

Cuento extraído del libro

“Los sueños de GN-I” de Michel Deb
www.micheldeb.cl

Ilustración: Kali Ciesemier

 

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Sobre Michel Deb

Michel DebNacido el 5 de Abril de 1978, en un contexto político y social complejo en Chile y en el seno de una familia de clase media, desde pequeño sintió afición por la lectura, motivado principalmente por su abuela. Sus autores referentes e inspiradores fueron: Julio Verne e Isaac Asimov, éste último pieza fundamental en su formación creadora. De profesión informático, músico de corazón, fue guitarrista y letrista de la banda chilena La Recoleta. En el año 2009 luego de su paso por la banda, decide abocar toda su energía a la publicación de sus relatos y poesías en un sitio blog, el cual continua permanentemente nutriendo hasta el día de hoy, con más de 30.000 visitas, contando con fieles seguidores y una muy buena acogida. Hecho que lo motiva a publicar en el año 2012 el libro “La montaña de Hierro” que reúne relatos del blog e incluye otras piezas inéditas, moviéndose por las aguas de la ciencia ficción y la fantasía. Trabaja actualmente en su segundo libro de cuentos “Los sueños de GN-I”, el cual vera la vida en el primer semestre del 2014. Además de participar en un colectivo literario “Tenebirs Fabulis”, el cual prontamente publicara un libro ilustrado de terror y fantasía.

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