“Shame” de Steve McQueen: la angustia del placer. Por Marco Allende

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Hay películas que son más importantes por lo que sugieren en su discurso ideológico antes que por sus valores estéticos y visuales. “Shame” (Steve McQueen), a riesgo de parecer taxativo, es una de ellas. Siendo una película interesante, su mayor interés recae en algunas grandes escenas que quedan estampadas en la mente del espectador no por el carácter grato o edificante de sus imágenes sino por las resonancias que adquieren en alguien que fue víctima de algún tipo de adicción, así como para aquellos que desde el púlpito de la integridad moral son testigos de los avatares de una persona en apariencia normal y exitosa pero que, no obstante, oculta un vergonzoso secreto (el título del film hace evidente este aspecto).

Sin la necesidad de establecer una relación amorosa permanente y con una estabilidad laboral que lo hace vivir de manera independiente, lo único que necesita Brandon para mantener una precaria pero elemental cordura interna es satisfacer su exacerbado deseo sexual. Para ello recurre a toda suerte de fórmulas o procedimientos, algunos sólo ofrecidos a personas con el poder adquisitivo y social al que pertenece (scorts, prostitutas) y otras que no requieren de ninguna compañía física (onanismo, sexo online, observación insistente de revistas pornográficas). Lo interesante en “Shame” es que la obsesión al sexo de Brandon ((Michael Fassbender) está descrita desde un enfoque “pragmático”, delineando un uso desapasionado de sus conductas sexuales que actúan en función de un permanente aislamiento hacia los demás. Mientras en su vida exterior, visible a los demás (trabajo, juergas con compañeros de oficina, cena con amigos) actúa de manera normal e incluso aparenta una actitud levemente más tímida y reflexiva que la de sus compañeros, su vida íntima se subordina y estructura en función de saciar la constante insatisfacción de su apetito sexual, deseo convertido en necesidad.

El cine se ha encargado de elaborar en las últimas décadas una muestra nada despreciable de personajes sexualmente adictivos como Brandon. Desde variados enfoques y dependiendo de los intereses del director de turno, se han vuelto sujetos casi arquetípicos, inaugurando un nuevo modelo dramático (¿signos de los tiempos?). Brevemente, podríamos nombrar esa trilogía de personajes interpretados por Michael Douglas en “Fatal Attraction” (Adrian Lyne), “Basic Instinct” (Paul Verhoeven) y “Disclosure” (Barry Levinson). Más allá de las tramas propias de cada film, si algo había en común en todas ellas era el hecho insoslayable de que Douglas representaba (después sabríamos con qué consecuencias para su vida privada) al hombre que divisaba la existencia de una zona prohibida, se internaba en ella y, no sin antes saborear el veneno que expendía la femme fatal de turno, burlaba las trampas que cualquier otro mortal habría reclamado para sí, asimilando un saber moral que lo convertía en un ser renovado o distinto al que inició ese prohibido viaje iniciativo.

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Otro ejemplo, mucho más cercano al de “Shame” en las cruentas implicancias que supone padecer los extremos suscitados por el deseo sexual es “Bitter Moon” (Polanski). Aquí, Oscar (Peter Coyote) paulatinamente va ingresando en un territorio en apariencia anhelado por él: la posibilidad de apreciar el amor desde la pasión desatada por el encuentro casual de dos amantes. Sin embargo, lo mismo que alimenta ese encuentro lo va devorando, convirtiendo el hallazgo amoroso en un espacio saturado por la obsesión, la violencia, la agresión y la muerte.

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No es del todo aventurado vincular ”Bitter Moon” con “Shame” si vemos que ambas películas comparten la labor de poner en evidencia el efecto nocivo que supone el desbordamiento de ciertas funciones instintivas (en este caso, el impulso sexual) propiciando perturbaciones que comprometen de un modo global el psiquismo trastocando el marco moral que habitualmente tiene la sexualidad en nuestra(s) sociedad(es): obtención de placer y reproducción de la especie humana, fines fundados además en satisfacer una necesidad biológica innata a todo ser humano. Ambas películas exponen a sus personajes a periplos decadentes, de empobrecimiento de las relaciones humanas que sostienen sus vidas. La diferencia es que si en “Bitter Moon” asistimos el paulatino deterioro de Peter Coyote desde el planteamiento inicial de un personaje abierto a la plenitud del “amor” hasta el término de su vida ya convertida en tragedia, en “Shame” ya desde el inicio mismo del film somos testigos de una especie de documento visual, frío y contundente, de la vida diaria de Brandon, un sujeto sometido a su compulsivo apetito sexual. Si en “Bitter Moon” éramos espectadores de la lenta e inapelable excursión de una pareja a las honduras que difuminan los límites del dolor y el placer, en “Shame” esa decadencia es aún más paulatina (y penosa) porque estamos en presencia de un personaje subyugado por la propia involuntariedad de sus actos, y que vive esa irreflexión como parte de un desamparo físico y mental que no puede ser compartido con nadie, que habita como prisionero de un placer velado, particular e inalienable. Justamente esta actitud que disimula el drama interno que vive Brandon es puesta en cuestión desde el preciso momento en que llega a su departamento Sissy, su hermana.

Si bien hay un lazo afectivo evidente y los une un pasado común (difuso y no del todo claro para sus protagonistas), Brandon percibe la llegada de Sissy como una intromisión a su conducta personal. Su llegada provoca transformaciones agresivas que a la luz del espectador alimentan la imaginación sobre qué hechos ocultos comparten como hermanos. A Steve McQueen no le interesa profundizar en esa zona opaca que une a Brandon y Sussy, tan sólo se preocupa de exhibir con distancia y cierta amargura esos momentos que reafirman un posible vinculo entre ellos a partir de silencios y miradas cómplices que ratifican esa sensación de que ese pasado que los hermana es un territorio en donde se aloja tanto el afecto como el rencor. Ejemplo de ello es el episodio de Sussy cantando “New York, New York” frente a un grupo de personas en un bar, entre ellos Brandon. Esa escena (que evoca en su atmósfera enrarecida al mundo de Lynch) se sostiene por el grado de inquietud que trasunta esa lánguida forma que tiene Sussy de alterar el ritmo y, por ende, trastoca la perspectiva original de la canción para convertirla en una suerte de lamento profundo y herido: ¿qué se esconde detrás de la mirada perdida de Brandon mientras escucha cantar a Sussy? ¿Qué daño exhuma de su memoria el tarareo fatigoso de su voz? Nada sabemos. Tan sólo atisbamos breves escenas en que Brandon delata su vergüenza, su culpa, pero sobre todo el cansancio y el hastío de una vida puesta en entredicho con la llegada de Sussy.

Es por eso que no es del todo clara (o definitiva) la afirmación que subraya el total desapego de McQueen para con sus personajes. Es cierto que los expone en sus debilidades y obsesiones, carencias y cegueras. Pero a medida que avanza la película, sus mismos comportamientos van revelando la incomunicación y el callejón sin salida al que van derivando. A partir de lo anterior, uno podría considerar a “Shame” como una versión conservadora y “republicana” sobre la caída de un hombre en las “garras” del deseo y el placer” y de cómo sus consecuencias son tan desastrosas como para poner en riesgo la salud mental de su hermana y el control de su vida emocional, incluyendo una sugestiva escena final en donde Brandon pareciera sufrir algún tipo de anhedonia: convertido en un ciudadano arrepentido de sus conductas desordenadas, ve a la misma mujer que trató de seducir al principio de la película pero, al distinguir ahora el anillo de matrimonio que ella porta, agacha su cabeza y estoicamente decide (¿?) convertir su vida en un nuevo comienzo, libre de ataduras.

Por de pronto, el gran mérito de la película es tal vez de índole no estrictamente artístico, y es el hecho de que pone en cuestión una vez más, y ahora de manera definitiva (gracias a la publicidad que trajo el comportamiento de algunos distribuidoras hacia la película) dos aspectos en apariencia opuestos pero que se conjugan en una misma propuesta: comprometer el libre albedrío a la consumación desenfrenada de nuestros deseos o manipular los límites de la cordura hacia fines meramente efímeros origina, tarde o temprano, una forzosa secuela: permeabilizar al sujeto que es conciente de su comportamiento patológico para que se abra a la penitencia, la reflexión y/o el arrepentimiento. Al mismo tiempo, esa pesadumbre (ese dolor del sujeto que es apartado y repudiado por la sociedad) es una sorprendente señal del discordante sello que identifica a nuestro mundo,  vale decir, el extraordinario valor que le adjudicamos al sexo como señal de estatus y, al mismo tiempo, la marca de Caín que revela ese lado opaco que necesariamente debemos mantener oculto, como una excrecencia que nos avergüenza en público y que sólo adquiere interés en nuestro ámbito privado, necio juego de fingir lo que no somos, impuesto que pagamos para que seguir participando dentro de los contornos éticos que propiciamos en tanto individuos que hemos aceptado vivir gregariamente.

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¿No será  Brandon el ejemplo más nítido y actual del doble estándar o la confusión que padece nuestra sociedad al momento de sentenciar ciertas conductas que parecen a la luz de ciertas convenciones como perversiones graves e imperdonables? Vivimos en un mundo en donde el pedófilo queda desplazado a la cárcel y a sus crueles reglas, al vicio permanente de un discurso especializado que afirma cada vez que puede el carácter irredimible y vergonzoso del enfermo, un paria que debe ser exonerado de la sociedad. Sin embargo, como muy bien lo dice el crítico Daniel Villalobos “si la obsesión de Brandon fuera acumular riqueza, prestigio o construir una familia de 18 hijos, la misma sociedad de la que se esconde le abrazaría sin reservas. Lo aplaudirían como un héroe, lo pondrían en la portada de las revistas” (Villalobos, 2010). ¿No será un gesto que delata el dominio de ciertos valores que nuestra sociedad eleva por sobre otros el hecho de que adquieran tanto revuelo los delitos de índole sexual en vez del cotidiano saqueo del que somos victimas por parte de las grandes riquezas de nuestro país? Tampoco se trata de compara una cosa con otra; tan sólo me cuestiono si el énfasis y el vigor con que repudiamos los abusos sexuales no esconderán de manera solapada nuestro propio interés, apego o inclinación a lo mismo que censuramos.

En conclusión, ¿es “Shame” la película favorita de George Bush o realmente abre puertas desde las cuales podemos deconstruir ciertos lugares comunes sobre el deseo y sus ambiguas consecuencias? No lo sé. Es peligroso relacionar vanguardismo artístico con amoralismo. Como es igual de erróneo vincular conservadurismo estético con discursos éticos poco defendibles hoy en día (la necesidad de la moderación y el dominio de los deseos) pero que, a fin de cuentas, son las mismas ideas que moros y cristianos aceptamos como base del sentido común. Es por eso que el revuelo de “Shame” (su no estreno en una cadena de cines, el revuelo de que aparezca el perfil del pene de Brandon cuando va orinar) más parece un asunto de imágenes antes que el rechazo a un discurso que ponga en cuestión la moral de la mayoría de las personas que habitamos este planeta. Ahora, que esa coincidencia en una ética universal sea llevada a la práctica… bueno, ese es otro tema. Y no precisamente el menor.

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Sobre pablo paz

pablo pazPablo Paz nació en Lowell, Massachusetts en 1992. El más joven de tres hermanos, asistió a la escuela católica local y recibió una beca para estudiar en la Universidad de Columbia, donde conoció a varios amigos que después alcanzarían la fama. En el segundo año de universidad abandonó todo para dedicarse a viajar y a escribir. En estos momentos reside en Santiago de Chile.

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