Javier trabajó de barman en Bar’o’metro durante un año y medio, o dos. Le gustaba conversar y contar historias de su vida que, a primera vista, había sido muy intensa. Según él

estudiaba medicina en la Universidad de Chile y ya estaba por egresar (o de titularse, no recuerdo con exactitud); tenía veintiséis años, aunque, a decir verdad, representaba más; había escrito y publicado dos novelas, una de mil páginas y otra de mil quinientas, ambas en inglés, en New York, bajo el sello Penguin; tenía una casa de veraneo en el Mediterráneo y la visitaba todos los veranos (a veces también en invierno); tenía otra casa de veraneo en Reñaca y un refugio de invierno en La Parva; había tomado algunas clases como alumno libre en la Columbia University, donde había tenido de profesores a Jean Baudrillard y Fredric Jameson, entre otros (a Baudrillard lo había conocido en Europa, más específicamente en Marsella, Francia, una noche de Año Nuevo; Jean se le había acercado en un café, intrigado por su acento); sabía de lingüística, literatura, cine, deportes, agricultura y de todas las ciencias (sí, todas); había leído absolutamente todos los libros que nosotros citábamos a raíz de cualquier motivo; había escrito un texto de poemas, que él mismo había traducido al francés (Gallimard lo había contactado para publicarlo); era hincha del club de fútbol de la Universidad Católica, aunque jamás había estado en el estadio San Carlos de Apoquindo; en Amsterdam había sufrido una sobredosis “por una mezcla de muchas cosas” y de no ser por una gitana, que lo descubrió tirado entre unos matorrales por casualidad, no “habría vivido para contarlo”; sabía desde cómo evitar una caña del demonio (con un preparado que había inventado la mañana que tuvo su peor resaca), hasta convencer a un policía de que no le sacara un parte; había estudiado en el Grange, en el Nido de Águilas y en el Instituto Nacional; había hecho un curso de cine en Cuba; conocía a medias unos doce o trece idiomas y hablaba siete a la perfección; tenía un tío aviador (que ostentaba un récord de no sé qué), otro había sido descubridor y dueño del mineral de Chañarcillo, otro actuaba en Broadway y varios tíos (también sus padres) en la actualidad eran dueños de viñas en la zona central; la primera vez que se emborrachó fue a los siete años; en su adolescencia había sido novio de Patricia Rivadeneira (en aquel tiempo ella aún no se desarrollaba por completo, aunque estaba “bien”); había visitado al Papa en el Vaticano, del que había recibido su bendición; se había cruzado con Jorge Luis Borges por casualidad en una calle de Buenos Aires; era amigo personal del senador Ávila y juntos habían fumado marihuana en más de una ocasión; su beatnik favorito era Gregory Corso; había nacido en Miami, por lo que tenía doble nacionalidad; su apellido aristocrático no le importaba, aunque lo mencionaba cada vez que podía; una vez en Alaska se había caído treinta metros al interior de una grieta de hielo, pero había salvado ileso; en una oportunidad había ganado el Kino y en otra la Lotería de Concepción (con montos bajos, lamentablemente, en ambos casos); odiaba la mentira; había jugado water polo y había sido seleccionado de su colegio; había tenido una infancia muy solitaria; tenía seiscientos discos compactos (“y algunos vinilos”) de todos los estilos de música, pero rara vez los escuchaba (por falta de tiempo); su afición favorita era el ajedrez, aunque nunca quería jugar; se había lanzado en parapente una vez; una noche había caminado desde Estación Central (venía llegando del sur) hasta el Apumanque (ahí vivía su novia) porque, inexplicablemente, no encontró ningún medio de transporte que lo llevara; le gustaba correr olas en Hawai, aunque prefería (por cuestiones de caída y duración) las de Pichilemu; tenía dos teléfonos celulares y un perro de nombre Ariel; jamás había andado en bicicleta; no conocía a Severo Sarduy, aunque sí a Roland Barthes; le gustaba mucho la filosofía y pensaba escribir un libro acerca del ser; una sola vez jaló coca y no le gustó; había participado en una expedición al Everest, aunque una grave infección estomacal lo obligó a permanecer en el campamento base (la expedición había logrado poner a uno de sus integrantes en la cima); trabajaba de barman en el Bar’o’metro por hobby, su real ganancia estaba en el negocio del arte (compra y venta de pinturas, principalmente); quería mucho a su familia aunque no los veía hace varios años; era muy amigo de sus amigos; iba a terminar su carrera de medicina, a ganar mucho dinero, a comprar una casa en Chicureo, a casarse con una mujer espectacular (en todos los sentidos posibles), a tener cuatro hijos y a ser feliz, muy feliz.

Y seguro así será, no lo pongo en duda.

 

 

 

 

 

martín cinzano
Nació en Guayaquil en 1977. Ha escrito poemas, cuentos y ensayos, además de coeditar la revista Descontexto, en Santiago de Chile. Ha publicado artículos sobre literatura y cine en medios impresos y electrónicos mexicanos, argentinos, chilenos y españoles. En el año 2011 publicó Perdido (texto ganador del Concurso Nacional de Crónica Urbana, organizado por la Universidad Autónoma de la Ciudad de México, 2008), compilado de crónicas urbanas redactado en México.