El día que decidí ser vegetariana, por Camila Ponce

Roundscape by Fil Gouvea

Hoy día es mi cumpleaños número 8. Mi regalo favorito sería un perro, igualito al de la película Lazzy, pero mi mamá dice que nuestra casa no es para perros. Como segunda opción me gustaría un gato naranjito, como Garfield, pero un poco menos gordito y chiquitito. Mi mamá dice que es alérgica a los gatos entonces que puedo elegir entre un pollo, un pájaro o un pez. Elijo un pollo. Los pollos me caen bien. Pueden andar por todos lados, dentro de la casa o en el patio, No como los pájaros que necesitan estar en una jaula cantando canciones que no me gustan. Es como tenerlos en esas pequeñas piezas donde encierran a los hombres grandes con barrotes, o como los corralitos de las guaguas. Además me da pena que vea a otros pájaros volar desde su jaulita. Una vez mi amiga Marcela tuvo uno, lo ponía en el patio, y ligerito llegaban todos los otros pájaros que se paraban a su lado y lo miraban con cara de tristeza.

Mi mamá decide llevarme a la feria donde venden pollitos, elijo el que parece más chiquitito. El pollito me sigue y me sigue como si fuera su mamá. Decido hacerle una casa para que se sienta como en su casa: como si tuviera a su mamá gallina, su papá gallo y sus hermanos pollitos. En una caja de cartón donde a mi papá le regalan comida –¿por qué llega comida en una caja todos los meses?– decido transformarla en la nueva casa de mi pollito “Mike”. A la caja le pego imágenes de otros pollitos, para que mi pollo no sienta que ha perdido a sus papás y a sus hermanos. Me pregunto si realmente los pollos pueden sentir alegría o tristeza.

Pasan los días y las semanas. Y mientras más pasan, más me convenzo que Mike, me ha asumido como su mamá. Me sigue para todos lados. El problema es que cuando decido entrar a la casa, Mike se tiene que quedar afuera porque mi mamá no quiere que “defeque” (como le gusta decir a ella) encima de la alfombra. Así que cada vez que me dan ganas de ver monitos animados en la tele o me toca hacer mis tareas, tengo que cerrarle la puerta en la cara a Mike. Tengo un plan para que Mike comience a sentirse menos solito, de lo que ya se siente. Voy a convencer a mis papás para que compren otro pollito, así Mike sentirá que uno de sus hermanos vino a visitarlo. Mis papas aceptan porque les carga tener a Mike todo el día metido en mi pieza o en el resto de la casa.

Vamos a la tienda de pollos y compro uno que es exactamente igual. Lo miro y le encuentro cara de Jack, porque se parece un poco a la palabra Mike. Mike está feliz, Jack también. Juegan y pían felices en el patio. Las cosas con Mike no cambian. Mike sigue siendo el mismo conmigo. Siempre me sigue para donde voy. No le importa lo que haga su nuevo hermano. Jack en cambio, me trata como si fuera una niña invisible. Al principio creo que está jugando, pero no, no existo para él. A Mike en cambio lo quiere porque lo sigue para todos lados.

Pasan los meses y estoy contenta con mis pollos. Los pollos crecen y comienzan a parecerse cada vez más a unos gallos grandes que están en mi colegio. De esos que fuman y van a fiestas hasta la media noche.

Un día despierto y veo a Jack con la pierna agarrotada. Cojea y no puede andar. Me da pena. En mi casa nadie sabe lo que hay qué hacer. Mis papás hablan de llevar a los dos pollos al sur para que estén más tranquilos. Mi nana y mi mamá comienzan a secretearse y no entiendo por qué. Pasan los días y veo que Jack ha desaparecido. Le pregunto a Mike y no sabe qué decirme, me mira con cara de que se le ha perdido algo importante de su vida.

Ese día me hacen una cazuela. Veo las presas de pollo grandes, gordas, como las cazuelas de mi abuela del sur. Después de comerla encuentro algo raro en la cocina. Me acerco y veo plumas. Huelo olor a Jack. Al caldo de Jack.

No me salen las lágrimas. Mi pena Es más grande que todos los pollos que he visto en mi vida. No sé qué decir a mi mamá. Me da mucha rabia contra ella y contra la señora Florinda que no dijo nada. La señora Florinda, me mira con una cara un poco más roja que de costumbre. Se va a la cocina. Nadie dice nada. Último día de mi vida que como caldo de pollo, cazuela o cualquier comida que lleve alguno de mis amigos de ingredientes.

Ilustración: Roundscape by Fil Gouvea

 

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Sobre Camila Ponce

Camila PonceUn poco escritora, fotógrafa e investigadora.

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