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“Ver el Universo en un grano de arena y el Paraíso en una flor: atrapar el Infinito en la palma de la mano y la Eternidad, en una hora”.

William Blake

 

Vivimos en un tiempo especial en que enfrentamos nuevos y grandes desafíos, la respuesta colectiva a estos dirá si continuamos nuestro curso como especie o simplemente desaparecemos, de la misma manera como tantas otras especies lo hacen cada día. Esta problemática tiene sus orígenes en la forma como vemos el mundo: nuestro actual paradigma ubica al ser humano nada menos que al centro de todo, es por eso que algunos científicos han empezado a llamarle a este periodo el Antropoceno, principalmente por el impacto del hombre sobre el clima. Al mismo tiempo como especie padecemos de una desconexión crónica, de nosotros mismos y de nuestro entorno. Todavía no comprendemos que al dañar una parte del Ecosistema, irremediablemente afectamos al resto y por ende a nosotros mismos. No entendemos que solo somos una parte de la red de la vida, y no los tejedores de esta.

Desde la edad media la ciencia ha sobrepasado a la religión como principal fuente de conocimiento. Ella junto a la matemática, nos ha ayudado a entender y explicar fenómenos naturales, a entender la estructura de la materia y el tiempo, a conocer como funciona nuestro entorno y la estructura molecular. Esta forma de conocimiento también ha propugnado al ser humano erróneamente en el pináculo de la existencia, nuestro intelecto o conciencia nos hace de alguna manera mejor que el resto. Esto a su vez ha traído la consecuente destrucción del ecosistema y el sometimiento de otras especies, todas estas consideradas sin valor intrinsico. Pero desde hace algunos años la manera como hacemos ciencia está siendo cambiada radicalmente. El descubrimiento del ADN por ejemplo, reveló el secreto de la vida (Watson, 1980), y la aparición de la física cuántica cambió para siempre, la visión estática que teníamos de la realidad, de una inerte máquina hacia una compleja suma de sistemas interconectados, vivos e impredecibles. Carente de principios éticos en su base, la ciencia moderna se ha enfocado principalmente en la predicción y en el control, en medir cantidades, haciendo vista ciega de sus cualidades, de su esencia. O como dijo Robinson: “Cuando la ciencia pierde de vista el propósito de sus estudios, para transformarse en finales en sí mismos, la ciencia se hace monstruosa”. Primero en la antigua Grecia y luego en la Europa medieval, la ciencia basada en la matemática, emergió de la tradición que asociaba número con la divinidad (Wertheim, p.6). Los griegos al tratar de encontrar el orden en el caos, empezaron la división entre lo visible y lo invisible: entre el mundo de los Dioses (mythos), y nuestra realidad terrenal (logos). Desde ese entonces, sino desde antes, el hombre se ha querido hacer maestro de la Naturaleza, hacernos Dioses. O como diría Descartes ‘hacernos dueños y señores de la naturaleza’.

Esta visión Newton-Cartesiana de la naturaleza como una máquina carente de vida, se hace obsoleta cuando empezamos a descubrir que el fenómeno de la vida en el universo al igual que nosotros mismos, somos algo más que simples máquinas, sino mas bien complejas entidades nacidas de interacciones entre ellas mismas y su adaptación al entorno. Así los seres humanos poseemos emociones, sueños, y lo más relevante aquí: aspectos psíquicos del ser humano tan útiles como lo son nuestras piernas y manos (Orr, 1994). Al ignorar estos aspectos intangibles de nuestra humanidad, nos hemos desconectado gradualmente de la naturaleza. Esta forma de ver la realidad se ha esparcido alrededor del mundo especialmente en los últimos cuatrocientos años; imponiéndose por sobre la forma animista que cree que el mundo tiene un alma, conciencia.

Alienarnos como especie de la naturaleza ha traído sus consecuencias y hoy el 14% de la población global sufre de condiciones neuropsiquiátricas, y cada año un millón de personas muere producto del suicidio, siendo la tercera causa de muerte entre los jóvenes (OMS, Marzo 2011). Nuestra tecnología es tan poderosa que podemos viajar al espacio exterior, penetrar en los misterios de la materia, clonar la vida, modificar el clima, y maravillarnos con el nacimiento de galaxias y distantes soles. Nos hemos convertido en ‘Dioses’ pero fallado miserablemente en convertir a la tierra en un paraíso. Por el contrario le hemos declarado la Guerra a nuestra único hogar: la Tierra y a nosotros mismos. Entonces la pregunta aquí seria: ¿Puede la ciencia convertirse en una herramienta que nos ayude a encontrar alternativas y así manifestar una realidad diferente?

El biólogo inglés Brian Goodwin lo envisionó como una ciencia curativa, donde la emoción y la intuición tengan el mismo valor que el análisis racional de los fenómenos naturales. Su objetivo es guiar a la ciencia desde su inmoral noción de control, hacia un sentido de participación en la cambiante historia de la vida en la Tierra. Para que la curación se lleve a cabo debemos empezar a incorporar los elementos que han estado ausentes, como lo es el espíritu.

 

Hacia una Ciencia con cualidades

Empecemos con la definición de espíritu: ‘principio vital o fuerza de vida’ derivado del latín spiritus, ‘respiración’ o spirarae; respiración. Cuando se percibe vitalidad del ser, existe un sentido de aliento, de respiración, del espíritu moviéndose adentro y afuera, hacia adelante y hacia atrás (Emery, p.2).

El poeta Indio Satish Kumar comparte la misma observación: ‘cuando nos damos cuenta que respiramos el mismo aire, que estamos respirando juntos, nos damos cuenta de que estamos todos conectados, que estamos todos relacionados’. Es así como comprendemos que los seres humanos somos parte de la naturaleza, parte del todo, y no el centro. Para poder comprender mejor la forma como estamos relacionados al todo, debemos empezar a ver la realidad con nuevos ojos. Al igual que el alemán Goethe necesitamos desarrollar una forma más natural de hacer ciencia. De esta forma nos transformamos nosotros mismos en objetos de observación.

Hasta ahora la observación científica se ha desarrollado principalmente bajo condiciones artificiales, tales como laboratorios. Pero en realidad solo cuando vemos hacia adentro, apreciamos el dinamismo, la vida en la naturaleza, la parte a la luz del todo, fomentando una forma de hacer ciencia que vive en la naturaleza (Seamon, p.278). Goethe estaba preocupado con ‘la totalidad y las cualidades de la naturaleza, en lugar de analizar la naturaleza en términos cuantitativos reduciéndola a diminutas unidades’. Cuando, al igual que Goethe, participamos directamente haciendo ciencia, potencialmente es transformador para el científico en sí mismo(a): “es un proceso terapéutico porque si es tomado como una práctica cultural, como una visión del mundo, podría ser curativa y restauradora de la cultura entera (Robbins, p.114)”. Teniendo una perspectiva participativa de la naturaleza, el método de Goethe estresa que el proceso de investigación científica debe sentirse progresivamente en casa con el fenómeno (Seamon, p.3). Otra cualidad que Goethe encontró en la naturaleza es su sacralidad: “objetos naturales deben ser vistos e investigados como son, no para satisfacer al observador, sino más bien con respeto, como si fueran seres divinos(Goethe, p.71)”. Al igual que las culturas indígenas alrededor del planeta han compartido las mismas creencias, permitiendoles vivir en armonía con el medioambiente por miles de años. Es por eso que los Kogis de la Kogi retornan una y otra vez a su principio fundamental de la realidad, el principio vital que es la conciencia, que tiene personalidad y que la hace florecer. A través del pensamiento concentrado y la meditación, el Kogi entra a Aluna y actúa ahí. En el principio existía solamente Aluna, el mar amniótico, el principio cósmico: La Madre. La Madre concentrada, la nada que era el mar original del pensamiento, espíritu y fertilidad se reunieron y concibieron la idea del mundo. Comenzó con un útero, una casa-mundo, que fue un cosmos. Este fue el gran huevo del Universo (Ereira, p.116).”

Como para los Indios Kogis, el concepto de Aluna, el mar original del pensamiento, Goethe utilizó la imaginación para penetrar los secretos de la realidad.

 

La Ciencia Goethiana

Goethe empezó usando la imaginación en un principio, cuando comenzó a estudiar la teoría del color. Luego la desarrollaría y perfeccionaría al desarrollar la morfología de las plantas. El llamó a este fenómeno “exacta imaginación sensorial” donde, “debemos usar nuestra imaginación para llenar los espacios que hay entre los hechos (Colquhoun, p.169)”. Usando nuestra imaginación una imagen exacta es visualizada, evitando conceptos auto-impuestos o teorías preconcebidas. Por ejemplo cuando observamos como una semilla de garbanzo brota, apreciamos el principio vital, la entelequia que la hizo crecer y que es común a todas las formas de vida. La palabra entelequia viene de Aristóteles, que combinó las palabras entheles (completación, maduración), con hexein=hexis (ser de cierta manera al continuar con el esfuerzo de mantenerse en esa condición), al mismo tiempo teniendo endelecheia (persistencia) al insertar telos (completación). Este proceso descrito como entelechia-‘idea en acción, espíritu en acción, fuerza vital en las plantas y en toda la vida (comunicación personal con el autor, Colquhoun, Sept. 2012)’; no puede ser apreciado bajo el microscopio sino que a través de la imaginación-con los ojos cerrados. De esta forma uno se transforma en la planta en lugar de simplemente observar su desarrollo, apreciando cambios internos que son imperceptibles para las máquinas. Con el uso de la imaginación podemos comprender porque la semilla busca la luz, o las dificultades vividas en la búsqueda del agua, o de los nutrientes en el suelo. El poder de la imaginación abre las puertas hasta entonces ocultas de la entelequia, de la idea detrás de la materia.

Utilizando este método Goethe fue capaz de ir más lejos que Newton en la teoría del color. El tuvo la intuición de que la teoría de Newton sólo abarcaba una porción del fenómeno de la luz. El sintió que algo faltaba: “cuando Goethe vio que los colores primarios aparecían solamente cuando había un margen, reconoció que la teoría de que los colores son contenidos en la luz misma era errónea (H.Bortoft, p.40)”. Se dio cuenta que deben haber “luz y oscuridad para que el fenómeno de la luz aparezca, y no solamente luz (ibíd.)”. Aquí podemos apreciar como métodos poco convencionales, como lo son el uso de la imaginación, funcionan para penetrar la naturaleza de los fenómenos, así como al mismo tiempo la intuición puede llevarnos a conclusiones correctas. Él también creyó que debe haber alguna instancia en la naturaleza en que los colores aparezcan por si mismos, desde la luz y la oscuridad, y llamo a esto el ‘fenómeno primordial’.

 

El Gran Cambio

“No podemos resolver problemas usando el mismo tipo de pensamiento que usamos cuando los creamos”.

Albert Einstein

Es así como al gracias al uso de la imaginación, es que podemos visualizar una salida a la crisis en la que estamos. Y de esta manera transitar desde el actual Cenozoico o Antropoceno, hacia lo que Thomas Berry llama el Ecozoico, o la era en la que los humanos empiecen a vivir en una relación de mutua colaboración y reciprocidad con la tierra y su comunidad. Se podría decir que el periodo conocido como Cenozoico está terminado debido a la forma de como estamos alterando la química y los ciclos a larga escala del planeta. Sin embargo junto con los males que trajo la revolución industrial, vino el despertar en su seno de movimientos de base que están cambiando la forma como nos organizamos y como vemos el mundo. Por ejemplo la ecología profunda, nos habla de ‘pensar como la Montaña’, o el movimiento pacifista cuenta hoy con más adeptos que nunca antes en la historia. El corazón nos abre las puertas de la esperanza, es por eso que aun estamos a tiempo para dar ese gran giro de conciencia que necesitamos para adaptarnos a las circunstancias únicas que enfrentamos hoy en día. Debemos aprender a compartir y a vivir más simplemente,  hacernos conscientes de que estamos viviendo en un sistema que propugna el crecimiento ilimitado en un sistema finito: la Madre Tierra; y de que el costo real de la forma en la que vivimos va a ser sentido por muchas generaciones venideras, de que no tenemos el derecho de hipotecar el futuro de nadie.

Para concluir debemos recordar y volver a ver como lo hizo R. Steiner o nuestros pueblos originarios: ‘así como cuando miras en los ojos a otro ser humano puedes ver un destello de su alma…así mismo cuando miras profundamente dentro de el corazón de una flor ves un destello del alma de la tierra’.

 

 

felipe viveros
Felipe Viveros(Concepción, 1976). Actualmente está radicado en Glastonbury, Inglaterra, donde vive junto a su familia. Desde temprana edad comenzó a interesarse en la sabiduría de los pueblos indígenas. Ha compartido importantes períodos de su vida aprendiendo de comunidades mapuche, en Chile, con comunidades Shipibo-conibo al interior de Iquitos, en la Amazonia Peruana; y en poblados Mayas de México. Inició estudios de Literatura en la Universidad de Chile y de Arte en la Universidad de Concepción. Luego se propuso realizar trabajo social y educación ambiental en comunidades a través de Latinoamérica. En la actualidad cursa un Magíster en Ciencias Holisticas en Schumacher College, en la Universidad de Plymouth. También participa activamente en el diseño y realización de programas para jóvenes, que integren la práctica de la plena conciencia, de la permacultura y del buen vivir. pd: Congreso, presupuesto, Chillán.