Mata Pajaritos, por Carolina Reyes

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¿Por qué septiembre es tan como la mierda? Hoy en la mañana sol y ahora que recién salgo de la pega se larga la lluvia, y yo sin paraguas pa más cacha. ¿Dónde están las llaves? ¿Dónde las dejé? Pero si las había sacado del maletín para tenerlas más a mano en uno de mis bolsillos, no me digas que se me quedaron en la oficina. ¿Cómo tan hueón?

Cresta que está mala la pega, semanas que nos tienen como esclavos asalariados. Sobrecarga de pega, jamás un aumento de sueldo. Avanzo un paso y siento algo extraño en mi zapato; lo levanto un poco y ahí lo veo, una cría de gorrión mojada, muerta y rematada por mi paso. Pateo lejos el mal hallazgo y avanzo.

Al menos hay luz; te distingo por la ventana, pero como no me ves, puedo ver el rictus de tu cara, Tú limpias casi de manera agresiva y enérgicamente repasas el barrido. ¿Hace cuánto tiempo que no tenemos sexo? me pregunto; siempre hay algo que impide que tú y yo vivamos una vida marital completa; siempre hay un dolor de cabeza o un profundo cansancio que te lo impide. La última vez que lo hicimos fue cuando recibí el bono de desempeño, el mes pasado, y para mí de eso ya hace siglos. No tenemos hijos, sabes que queria ser padre, incluso hoy lo quiero ser; me dices que sería muy difícil que un niño a la larga es un gasto de tiempo y dinero, y que de nada sirve, ya que ellos siempre se van, siempre nos dejaran, cuando más los necesitemos. Que ya no tenemos el tiempo y que las cosas son así. Aun no sé porque estudiaste ese secretariado, si desde que terminaste no has mirado una sola vez el diario, ni siquiera me dejaste mover tu currículo dentro de la empresa. Me dices que alguien se tiene que hacer cargo de la casa, pero mi sueldo no nos alcanza del todo; tú eso lo sabes, pero es como si no lo quisieras ver. Tengo que tener el dinero hasta para tu teñido de cabello mensual, ese rubio que dices te hace realzar la expresión de tu rostro. Tu pelo negro estaba mejor. Pero las cosas son así te gusta el color de pelo claro y ser solo dueña de casa. Y no te gusta mi trabajo porque mi remuneración es muy baja. Y esta lluvia, mata pajaritos, que no piensa parar; por suerte el repuesto de la canaleta quedó bien instalado, pero el agua que baja desde el techo viene turbia, Marta, turbia y espesa de barro, hojas secas y mugre muy antigua.

La casa, nuestra casa: en una de las esquinas del jardín, cubierto bajo un toldo de plástico para la lluvia, los ladrillos, la arena y los sacos de cemento de esa ampliación que había que hacer, pudriéndose. Mientras el auto más allá cubierto con un caucho gris, me recuerda esa homocinética que aún no logro encontrar para repararlo. El barrio donde vivimos era completamente nuevo cuando recién llegamos a habitarlo. Había muchas familias jóvenes como nosotros; luego paso el tiempo, los niños que jugaban en los pasajes crecieron y comenzaron a formar pandillas, mientras las chicas también adolescentes se enamoraban de esos pandilleros. Al tiempo comenzaron a haber paternidades adolescentes por todo el barrio; chicas de dieciocho años con un niño en brazos y algo como una pareja al lado. Algo digo, porque verdaderamente eran unos espantapájaros vestidos de las maneras más extrañas. Luego todo se fue al carajo, después de que construyeran, unas calles más abajo, unos block sociales. Las mentadas soluciones habitacionales, que solo generan problemas. Entonces ahí llegaron los patos malos, y los pandilleros con hijos se convirtieron en traficantes y delincuentes. Vivimos una muy mala racha por lo menos ocho años, algunos murieron traficando, otros prefirieron robar autos, pero otros se quedaron y ahora trabajan como reponedores o choferes. Ahora el barrio esta viejo y los hijos de los pandilleros son los que están llegando a la pre adolescencia.

Ya llegué cerca de la puerta, siempre hay tiempo para un cigarro antes de entrar y escapar de la humedad. Como un cigarro antes de la sentencia final del juez o antes de la ejecución frente al pelotón, como se hacía con los antiguos hampones.

No hay más ruido de escobas, solo tres golpes secos en el vidrio, un cigarro acabado antes de terminar, pisoteado por mi zapato, la puerta se abre; Entonces veo una tenue luz…

-Ya pues entra, hace mucho frío al abrir la puerta- Veo tu mirada fija de reprobación mientras cruzas los brazos.

– Si, cambio muy rápido el tiempo el día de hoy…- Trato de esquivar tu mirada y suelto el maletín en una esquina del living cansado.

-Si, es que en los cambios de estación, los tipos del tiempo le achuntan muy poco- Te das la vuelta con dirección a la escalera, casi sin reparar en lo que pueda decir, yo solo murmuro:

-Si re poco…- Sabes actuar muy bien tu papel de atenta esposa, te largabas, pero el escuchar algo como ruido, giras un poco el cuello del lado izquierdo casi sin volver la vista y me preguntas, casi por cortesía, una muy seca la verdad:

-¿Y el auto cuando lo arreglas?. Hoy día hubieras zafado de la lluvia con el- Esas preguntas que haces que son casi recriminatorias es inevitable que no me enciendas una chispa de cólera, no puedo evitarlo me saco la chaqueta y la tiro en un sillón mientras con la voz en calma te explico:

-Cuando encuentre la homocinética que necesito a un precio razonable- Un silencio de piedra, sabes que has colmado mi paciencia, otra vez como siempre lo sabes hacer, te retiras de una posible disputa hacia a la cocina, aun no entiendo por qué merodeas tanto ahí y no te exilias como siempre en el plasma de la pieza.

-Me llamo la Verónica, me invito a tomarme un café en su casa- Tu voz suena tan amena, tan despreocupada desde la cocina. Claro que tonto, era obvio que algo me tenías que decir, que no tenía que ver con nosotros, sino contigo. La Verónica, aquí, la Verónica acá, esa separada histérica que ve machismo hasta en el aire.

-¿Hoy que llueve?- Me apoyo en la entrada de la cocina y fijo la vista en lo blanco del refrigerador, mientras tú te concentras súbitamente en prepárame algo como la cena de hoy mientras me sigues dando explicaciones:

-Si…igual quiero despejarme, de verdad estar todo el día acá me ahoga un poco- Sacas la sopa del refrigerador y la pones recién a calentar. Una tranza nuevamente, como el sexo y el dinero que te doy, ahora es atenciones por libertad, por dejarte salir, dejarte en paz. No tengo fuerzas para una discusión más entonces digo:

-Bueno, si quieres, anda, ¿ella te viene a dejar más tarde?

-Sí, y si se nos hace tarde yo creo que me quedo allá- Noto la felicidad en tu voz, una felicidad que no nace de estar conmigo, sino de estar lejos de mí. Otra vez pienso es casi seguro que te quedaras allá, hasta cuando seguiremos así. Pero es como una trama que no se puede evitar o se debe seguir hasta que alguien tenga la valentía de pararla o algo detenga este sucedáneo de la estabilidad. Pero la comedia sigue y yo protector te digo:

-Ok, con tal de que no te estés paseando en una noche de lluvia primaveral, está todo bien.

-Claro no hay problema, la sopa se está calentando en la olla, yo subo a ducharme, me visto y me voy- Y subes rápidamente, como escapando, como cuando un preso se ve liberado por un rato de unas cadenas o del trabajo forzado. Me lavo las manos en el lavaplatos, revuelvo la sopa, la pruebo, esta tibia y un poco desabrida. Espero dos minutos más y me la sirvo en la meza.

Veo la sopa con su vaho, lo único tibio, en medio del comedor.

 

 

 

 

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Sobre carolina reyes

carolina reyesCarolina Reyes Torres (Santiago, 1983). Es profesora de estado en Inglés de la Universidad de Santiago de Chile y Magíster en literatura latinoamericana y chilena por la misma universidad. Colabora en la Revista Lecturas haciendo reseñas literarias y ha publicado cuentos en las Revistas Sangría de Chile e Íkaro de Costa Rica.

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